Día 98. Aprendiendo a enamorarme: La segunda adolescencia

Estamos llegando al final de este viaje de reconstrucción y no podíamos pasar por alto el tema que lo mueve todo: el amor. Ese sentimiento que, según dicen, llega cuando tiene que llegar y no cuando nosotros lo decretamos.

Recuerdo a una amiga que decía que al salir de la Institución te invade una urgencia por recuperar el tiempo: «¿Me abro una cuenta en Tinder?». Es una opción, claro, pero quizá no la mejor. Antes de buscar a alguien, tienes mucho que aprender o reaprender.

Recuerdo los ofrecimientos del CuraTinder: «ha sido numeraria hasta el año pasado, agregada hasta hace unos meses o supernumeraria hasta hace poco». No es que no tengan derecho a enamorarse, es que uno necesita airearse antes de intentar construir algo sano. Si no te olvidas de todo lo que llevas grabado a fuego, una relación vendrá marcada por la normativa institucional (que algunos buscan, claro).

También hemos hablado de los que salen e intentan recuperar el tiempo perdido con una maratón de follar sin descanso para «desquitarse». Eso no es libertad, es solo ruido.

Para enamorarse de verdad, primero hay que reconciliarse con uno mismo. Tienes que recuperar tu cuerpo y tu sexualidad, aprender a funcionar sin escrúpulos y ser capaz de tomar tus propias decisiones. Solo cuando estás en paz y cuando caminas «tan campante» por tu propia vida, estás realmente receptivo para que el amor surja en la cotidianidad.

Me acuerdo de esos cursos prematrimoniales y esas charlas institucionales sobre el amor y el matrimonio, de esa complementariedad del hombre y la mujer, de eso de que la mujer debía servir a su marido o de que «…ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas» (Camino n.946). O esos consejos de numerarios o curas célibes de lo que había que hacer para ser felices y formar una familia cristiana, o incluso de cómo hacer el amor. De esas familias modélicas ya hemos hablado también.

Y es que enamorarse no es solo la manera de llenar la soledad, o de compartir momentos juntos o de satisfacer un deseo sexual. Enamorarse es algo mucho más grande: es compartir un proyecto de vida en común desde la soberanía individual. Es buscar lo que une para fortalecerse y no para anularse.

Ya no somos esos veinteañeros moldeables que empezaban la carrera. Tenemos años vividos, experiencia acumulada y, sobre todo, mucho «mal aprendido».

Enamorarse «de mayor» es un reto fascinante: tu cuerpo tiene sus marcas, tus posibilidades de descendencia han cambiado y tu mente tiene cicatrices. Pero, paradójicamente, estamos viviendo una segunda adolescencia, con la misma intensidad pero con mucha más verdad.

No tengas prisa. No busques a alguien para que te salve; sálvate tú primero recuperando tu libertad. Porque cuando dos personas soberanas se encuentran, el amor deja de ser una necesidad angustiosa y empieza a ser un regalo inesperado.

Y quién sabe… quizá un día, mientras pedaleas hacia la playa o caminas por el pasillo de la parroquia, descubras que no eras tú quien iba buscando el amor, sino que el amor llevaba tiempo esperándote a ti.