Día 93. Hola Dios (IV). María
No podía cerrar la serie «Hola Dios» sin dedicarle un espacio a ella. A María sí que la escogió Dios desde la eternidad para la misión más grande: ser la madre de Jesús. Fue concebida sin mancha y hoy está en el Cielo en cuerpo y alma. Pero antes, María vivió muchos años aquí, en la Tierra. Y vivió como una mujer, no como un ángel de escayola.
Pasó penurias e incomprensión; pasó alegrías y tristezas. Sintió el dolor desgarrador de ver a su hijo maltratado y crucificado, sosteniendo el peso de saber que aquel era el camino. Y después, por fin, conoció la explosión de luz de la Resurrección.
Pero a mí me gusta imaginarla en su día a día en Nazaret. En su casa no había coros de ángeles ayudando con las tareas domésticas, ni una Administración invisible que le dejara la ropa planchada sobre la cama, ni una Roomba último modelo para limpiar el suelo. Habría serrín del taller, ropa que coser por necesidad real y no por «espíritu de pobreza», y heridas cotidianas que curar: «José, ¿otra vez te has cortado con la sierra?»
Allí habría un niño corriendo de un lado para otro, jugando con los recortes de madera sobrantes, y encima con todas esas «cosillas» propias de ser Dios en versión de cría humana. María no lo miraba con un manual de urbanidad en la mano; lo miraba con el asombro de una madre.
Ante todo, María es Madre. Primero cuidando de los suyos y ahora cuidando de todos nosotros, especialmente de los que volvemos del naufragio. Es una presencia discreta. No impone normas, no exige informes, no pasa lista. Solo ofrece su ternura, su escucha y esa manera suya de decir «sí» incluso cuando la realidad no se entiende del todo.
Su maternidad no es un privilegio de casta; es una cercanía radical. Está ahí, caminando entre la gente sencilla, recogiendo las lágrimas que nadie ve y sonriendo en silencio cuando un corazón herido vuelve, poco a poco, a confiar. Ella no aparta el dolor con un truco de magia, pero lo abraza. No nos evita el camino difícil, pero lo recorre a nuestro lado.
En la Institución nos enseñaron a usarla como un escudo de «pureza» rígida. En Stella la hemos recuperado como refugio. A mí me gusta llamarla Mamá o, directamente, Mami. En ella se hace visible la verdadera ternura de Dios: un amor que no señala, que no mide, que no divide en categorías de «justos» y «mortales». Un amor que, sencillamente, nos abraza tal cual somos.
Gracias, Mami, por enseñarme que para estar cerca del Cielo, primero hay que aprender a pisar la tierra con paz. Porque Dios nunca quiso ángeles de escayola; quiso hijos de carne y hueso.
Stella
