Día 92. El Director que no sabía que ya no lo era
Hace poco viví una de esas escenas que te confirman que el camino de Stella es el correcto. Me crucé por la calle con mi antiguo director del Colegio Mayor, aquel que un día se plantó ante mí en un pasillo para llamarme «sucio».
Hoy, las cosas han cambiado. Él también dejó la Institución, se casó y caminaba de la mano de su mujer. Cualquiera diría que es un hombre libre, pero su mirada me contó otra historia.
Al cruzarse conmigo, no vi el saludo de un náufrago que reconoce a otro en la orilla. Lo que vi fue la resaca del mando. Me miró de arriba abajo, por encima del hombro, con ese aire de superioridad de quien todavía se cree con derecho a dar órdenes o a juzgar mi pureza. Fue una mirada de «director perpetuo».
Me resultó fascinante y, a la vez, me dio una pena inmensa.
Es la esquizofrenia del ex-numerario que no ha sanado: ahora está casado, ahora folla, ahora tiene una vida física real… pero sigue necesitando sentir que está en un escalón superior. Me mira con desprecio para protegerse, porque si me mirara como a un igual, tendría que admitir que aquel «sucio» al que humilló tenía razón: que la carne es carne, y que él siempre fue tan humano como yo.
ha cambiado de estado civil, pero no ha cambiado de mentalidad. Sigue habitando la pirámide. Necesita que yo sea el «supernumerario de segunda» para él seguir sintiéndose el «elegido».
Aquel encuentro me demostró que hay gente que se sale del Opus, pero no consigue que el Opus se salga de ellos. Se llevan la estructura puesta a su matrimonio, a su trabajo y a sus amistades. Siguen buscando subordinados en lugar de amigos.
Y de igual manera pasa con los directores que siguen dentro y te siguen viendo como un subordinado (me refiero a los que al menos te saludan por la calle pues ya sabemos que para los mandamases no existes): siempre vas a ser inferior a ellos. Son esos que no te dejan hablar, que te sueltan su rollo, que te miran desde arriba y que se creen importantes porque son directores de nosecual Centro o porque a los 50 años han encontrado su primer trabajo (¿trabajo?) externo. Es su autodefensa para proclamarse mejor que tú. Lo que no se dan cuenta es la pena y la vergüenza que sentimos de verlos creyéndose tan importantes delante de nosotros, cuando simplemente nos importan una mierda.
Pobres hombres… todavía no se han enterado de que la guerra terminó y que, en este mundo de «mortales», el único que manda sobre uno mismo es uno mismo.
Stella
