Día 90. Reaprendiendo a reírme
Mira qué cosa más fácil y sana que es reírse, pero me doy cuenta que me cuesta reírme. Sí, me cuesta soltar una carcajada o tomarme las cosas a risa.
Muchas veces observo a la gente las sonrisas que ponen y, en general, se ven gestos secos, por compromiso o hasta de asco y que en el momento que ya no les miran borran rápidamente de la cara. Es como el típico famoso que cuando ve una cámara enfocando sonríe, pero en cuanto deja de ser el centro de atención vuelve a su cara normal.
En la Institución parece que nos ataron la boca para ser, también, inexpresivos. Y también nos pusieron un resorte de sonrisa falsa para intentar ser naturales pero, eso sí, con los brazos cruzados: marcando mi territorio y mi cierre afectivo.
Y luego estaba la risa burlona, esa típica de los directores o la de tu numerario a la hora de decirte las cosas. O las sonrisas de los del Consejo Local cuando contabilizaban las pajas o las caídas de sus «súbditos», olvidándose de que ellos tampoco eran ángeles.
Cuando has eliminado el afecto, el trato natural y la sonrisa verdadera, ¿qué te queda? Te queda tu gestor del banco, sin otro objetivo que exprimirte a comisiones y donde mejores condiciones te pondrá según más tengas tú que aportar. Ah, perdón, del banco o de la multinacional de la religión.
En el Opus no hace falta reír, no hace falta contar chistes, no hace falta hacer gracia. No se ríen contigo; se ríen de ti. La risa era una herramienta de poder, no un síntoma de felicidad.
Cuando aparto al «vigilante de las buenas maneras» me doy cuenta que me río y hasta me río solo. Que no pasa nada por mostrar mi felicidad cuando voy por la calle andando y sonriendo sin pensarlo. Y que no pasa nada porque me dé un ataque de risa y pierda la compostura, y hasta la respiración.
Me he dado cuenta de que la verdadera libertad es continuar la sonrisa cuan do ya nadie te mira.
Y ya el culmen es cuando con solo ver a una persona sonríes con la boca, la mejillas y los ojos. Eso, también, es que no es una sonrisa normal: eso es amor.
Hoy mi risa ya no es un medio de formación ni una estrategia de marketing. Es el ruido que hace mi alma al respirar aire puro. He pasado de la risa seca del búnker a la carcajada de la vida. Y os aseguro que no hay nada más sagrado que perder la respiración de tanto reírse de los que un día nos quisieron mudos.
Stella
