Día 88. Reaprendiendo mi sexualidad
En otras ocasiones ya he hablado algunos temas sensuales, sexuales, anticonceptivos y de follar, pero este capítulo quiere ser el capítulo definitivo y más transgresor.
Vamos a hablar de lo que nadie se atreve a nombrar, de aquello que nos enseñaron a tratar como la derrota más absoluta: la masturbación. En la Institución, la masturbación no era un acto de conocimiento; era el «vicio solitario» y «la máxima expresión del egoísmo», una mancha que te obligaba a correr al confesionario.
Si vienes de ahí, conoces bien la dinámica: lo hacías a escondidas, con la adrenalina de lo prohibido y, sobre todo, «rápido». Lo hacías con la urgencia de quien comete un crimen y quiere borrar las pruebas cuanto antes. Ese «aprendizaje exprés» tiene un precio muy alto. Al entrenar tu cuerpo para terminar rápido por miedo a ser pillado o por la ansiedad de la culpa, acabas generándote problemas reales de control. Tu cerebro asocia el placer con el estrés, y eso te pasa factura después.
Pero la libertad consiste en recuperar el mando de tu cuerpo y de tu tiempo, es pasar de la ansiedad a la paz:
-La masturbación requiere paciencia: no hay un vigilante que está detrás de ti señalándote con el dedo de la culpa.
-Adiós al impulso de lo «prohibido»: el hecho de asociarlo con que era algo «malísimo» generaba un impulso ansioso. Lo prohibido te atrae con una fuerza nerviosa que te hace perder el control. Al quitar la culpa, quitas el nerviosismo. Sin el juicio constante en la nuca, la excitación es más sana, más pausada y mucho más intensa.
-La paradoja de la libertad: al desaparecer la prohibición, desaparece la obse sión. Ya no es una pulsión ansiosa; es una elección. Cuando decides que puedes hacerlo siempre que quieras, acabas haciéndolo solo cuando de verdad te apetece disfrutarlo a fondo.
-El silencio de después: lo más liberador es el momento de después del orgasmo. Cuando lo haces bien, con tiempo y sin miedo, no sientes la necesidad de pedir perdón ni de correr a confesarte. Te quedas ahí, relajado, sintiendo cómo tu cuerpo se recompone en paz.
Para los que aún sentís ese impulso de terminar rápido para «no pecar demasiado tiempo»: deteneos. Respirad, luz encendida y tiempo por delante. Vuestro cuerpo no es un enemigo al que despachar; es vuestro hogar. Y en vuestro hogar, mandáis vosotros.
En el caso de las mujeres, la batalla es, si cabe, más silenciosa. A ellas no se las intentó «domar», se las intentó desencarnar. Les aplicaron un borrado sistemático de su mapa físico. Mientras el hombre lidia con la «fiera», a la mujer le hicieron creer que su cuerpo era aséptico, que «ahí abajo» no había nada que mirar ni mucho menos que tocar.
Reaprender la sexualidad femenina en libertad es una labor de arqueología:
-Descubrir el órgano invisible: muchas mujeres llegan a la madurez sin que nadie les haya nombrado el clítoris. Ese pequeño botón diseñado exclusivamente por Dios para el gozo, sin otra función que el placer. Descubrirlo no es un pecado; es un acto de justicia. Es entender que tu cuerpo no es solo una «fábrica», sino un territorio sagrado de disfrute.
-La bendición de la humedad: a la mujer se le educó para ser seca y rígida. Sentir que su cuerpo reacciona, que su vulva se despierta y se humedece, se vive a menudo con una vergüenza paralizante. Hay que aprender que esa humedad –el estar «mojadita»– no es suciedad; es el «visto bueno» de la naturaleza. Es tu cuerpo diciendo que estás viva.
-De la pasividad a la proactividad: la Institución quería mujeres que «se dejaran hacer» por deber matrimonial. Sanar es aprender a tomar la iniciativa. Es explorar el ritmo del tacto y la intensidad de la propia marea sin esperar el permiso de nadie. Es pasar de ser una espectadora de tu anatomía a ser la dueña de tu incendio.
Dichoso el día que nos reconciliamos con nuestra naturalidad, sea con el «glande» al aire o con la «vulva» bajo la luz.
Al final, tanto para ellos como para ellas, la lección es la misma: el placer no nos aleja de Dios, nos aleja del control de quienes usaron a Dios para amordazarnos.
Hemos pasado del desierto a la inundación. Ya no buscamos una descarga rápida; ahora buscamos el encuentro lento, con luz y con tiempo. Ya sea en una sesión de «cocina de autor» a solas o en el banquete compartido, hoy sabemos que nuestra piel es nuestra mayor victoria.
Reaprende y vive. Porque en tu cuerpo, por fin, ya no hay zonas de exclusión. Solo hay vida, soberanía y mucha paz.
Stella
