Día 84. No todo fue malo
Si queremos ser honestos en este Cuaderno de Bitácora, hay que llamar a las cosas por su nombre: dentro de la Institución hubo cosas buenas. Yo fui feliz en muchos momentos de mi vocación como supernumerario. Si no hubiera habido luz, ninguno nos habríamos quedado tanto tiempo. Desde fuera, el escaparate es precioso: gente educada, familias unidas, Centros impecables. Es un marketing potente porque se basa en trozos de verdad.
Yo aprendí muchas cosas en mis seis años de Colegio Mayor además de sacarme una carrera universitaria. Mi vida se centró y organizó en torno a la forma de funcionar de un Colegio Mayor y a la convivencia con 95 residentes, cada uno muy diferente al resto. Eran años de juventud, de mucha energía y de estar todo el día haciendo cosas.
Los años universitarios de cualquier persona son como la puesta en el mundo real: en clase te encuentras con gente de todo tipo y, sobre todo, te das de bruces con personas muy diferentes en cuanto a creencias religiosas y maneras de actuar. Es por esto que en el Colegio Mayor se procura una rectitud moral total para contrarrestar a lo que hay en el exterior: fuera está el pecado y dentro somos como ángeles; o eso se intentaba.
En el Colegio Mayor no se paraba de hacer cosas. Por si no tenías suficiente con sacar adelante una carrera tenías todas las actividades del Colegio: fiestas, deporte, conferencias, excursiones… además de los «encargos» que te asignan (organizar actividades, discos, comedor, oratorio…) sobre todo por lo que habían observado que podían sacar de ti (aquí ya se empieza a ver el interés que tienen en ti). Al final es una vida llena de cosas, sin tiempo para remolonear y donde te empiezan a dirigir sin tú darte cuenta. Te sientes bien porque te hacen ver que sirves para algo.
Y en el plano religioso, recuerdo todas las cosas que hacíamos en el Colegio Mayor para estar siempre ocupados: dar catequesis, convivencias, retiros, campos de trabajo, viajes para ver al Papa. Eran cosas que yo llevaba ya años haciendo con los Marianistas antes de conocer el Opus, así que no me resultaban novedosas o especiales; era continuar lo que ya venía haciendo.
Cuando pité de supernumerario en el Colegio Mayor, mi vida empezó a cambiar hacia otras circunstancias y hacia otras personas. Empecé a conocer a otros supernumerarios en retiros, conviviencias, curso de estudios, y otras actividades formativas. Primero éramos todos jóvenes y recién salidos de la universidad, luego fuimos creciendo y nos fueron mezclando con gente mayor, de todo tipo de profesiones y de diferentes posiciones sociales.
Pero lo que al principio era todo amistad y similitud de condiciones poco a poco fue decayendo en que te van juntando en grupos de supernumerarios con gente que no conoces de nada, pero que «reman juntos hacia el mismo lugar».
Es curioso como en la universidad o en el trabajo una persona que pertenece a la Obra es «el del Opus». Eres una especie de bicho raro que no saben muy bien dónde encasillarte y parece que muchas veces te están examinando a ver qué piensas de diferentes temas: «Los del opus no podéis usar anticonceptivos», «los del opus se flagelan», «los del opus tienen mucho dinero», y demás cosas. O el miedo a que los intentes captar o sacar dinero.
Aunque yo tenía una formación religiosa bastante «avanzada», llegar al Opus fue como llegar al «culmen de la religiosidad»: todo se resume en tu relación con Dios y la pureza: los tiempos de oración, los rosarios, las meditaciones, los retiros… y cómo vives la pureza (aplicada exclusivamente al sexo). Esto se gestiona desde la dirección espiritual con un laico, y la entrevista y confesión con el cura. Ellos te lo venden como que en la Iglesia se hace así, que es lo normal, y que los Marianistas se han vuelto muy modernos o que siguen corrientes raras medio hinduistas.
Aquí es cuando viene el problema de base: el Opus tiene la panacea de la Salvación y el resto están por debajo, no son fieles a la Iglesia o se han relajado. Tú te lo crees y acabas años y años mamando su doctrina tan ricamente.
Lo que no te das cuenta es que para conseguir sus intereses han llevado al extremo todo (sobre todo las cosas más humanas que caracterizan a nuestra especie), intentando convertir la vida de seres humanos en la vida de ángeles. Esta fue la gran cagada del Opus. Ya lo decían en la Constitución de 1950 que regía el Opus Dei:
«Amen los miembros y guarden con gran diligencia la castidad, que hace a los hombres muy semejantes a los ángeles y los vuelve muy gratos a Cristo y para su Santísima Madre. Serán, pues, todos, como ángeles de Dios, teniendo por cierto que la actividad del apostolado debe estar apoyada en la castidad».
El Opus tiene cosas buenas, no lo niego. Pero en sus métodos se les fue la mano de tal manera que acabaron por asfixiar la vida que pretendían santificar. Convirtieron la «buena idea» en una maquinaria de fabricar estatuas. Y yo, por fin, he decidido que prefiero ser un hombre que camina «tan campante» que un ángel de escayola en un pedestal de cristal.
Stella
