Día 79. Colegio Mayor (VIII). «Qué sucio eres»: El desván de la hipocresía

Nunca olvidaré aquel momento en el pasillo del Colegio Mayor. El director, con esa seguridad que da el sentirse dueño de la moral ajena, se plantó ante mí y soltó: «Qué sucio eres».

¿Mi delito? Ser un universitario de 18 años con las hormonas gritando vida y que, en la soledad, se masturbaba. Aquella etiqueta de «sucio» se me quedó grabada a fuego en el alma. No fue una corrección; fue una sentencia. Me hizo sentir un ser defectuoso, una pieza rota, un traidor a esa «santa pureza» de escayola que ellos custodiaban como si fuera oro.

Lo más revelador era el doble rasero, esa balanza trucada que manejaban en los despachos. En el mismo pasillo vivían otros residentes, las «ovejas negras», chicos que se masturbaban a diario o que follaban con sus novias cada fin de semana sin el menor rastro de culpa. A ellos, el director les pasaba de largo con una sonrisa de anuncio. ¿Por qué? Porque para el sistema ya no eran «material de captación». Al no tener perfil para pitar, les dejaban ser humanos. Pero a los que teníamos la «vocación» en el punto de mira, nos descuartizaban la conciencia. Usaban nuestra biología para bajarnos la autoestima y hacernos dependientes de su perdón.

Era puro mercantilismo: si tu alma no cotiza, tu pecado no les importa.

Años después, ya de adulto, viví la otra cara de la manipulación: la falsa empatía. Mi numerario me preguntó directamente si me masturbaba. Con un tono falsamente comprensivo, me soltó un: «No pasa nada por hacerlo, cuéntame…». Hoy sé que no era interés por mi paz mental; era una minería de datos íntimos. Buscaba derribar mis últimas defensas para tener un mando a distancia con el que sujetarme. La supuesta «amistad» era solo el envoltorio de un interrogatorio para el informe del Consejo Local.

Pero la bofetada definitiva me la llevé al salir, cuando en coloquios de exmiembros descubrí la realidad que se ocultaba tras los muros de los Centros. Resulta que la Institución reconoce internamente que tiene un problema de masturbación entre los numerarios. Y su solución no es la libertad ni la madurez, sino la psiquiatría de control: medican a miembros para bajarles la libido, para «anestesiar» sus ganas y que puedan cumplir con la norma: el cilicio químico.

Es de un cinismo insoportable. Te machacan, te llaman «sucio», te hacen llorar en el confesionario y te vigilan hasta los calzoncillos, mientras ellos, de puertas para dentro, luchan contra su propia naturaleza a base de antidepresivos, ansiolíticos o escondites. Recuerdo aquel director que nos hablaba de la pureza mientras su propio pijama amarilleado, olvidado sobre la cama, gritaba la verdad de su propia carne.

Hoy entiendo que la verdadera «suciedad» no estaba en mis manos de 18 años. La suciedad estaba en esa estructura enferma que nos enseñó a tenerle asco a nuestra propia piel. Hoy ya no me siento sucio. Me siento dueño de mi piel, de su ritmo y de su paz. Y nunca me he sentido tan profundamente limpio como ahora que he abrazado, por fin, toda mi humanidad.