Día 78. No soy un Satisfyer. El fin del mando a distancia
Utilizar un título así para un capítulo que, en principio, nada tiene que ver con el sexo, es mi manera de tomarme a risa el control institucional antes de que me entre depresión. Es puro estilo Stella: llamar a las cosas por su nombre para que pierdan el poder de asustarnos.
Ya hemos hablado de la falsa generosidad, del interés económico y de los pecados de diseño. Al final, todos esos hilos tiran de la misma palanca: lograr la dependencia absoluta de la Institución. Es una relación simbiótica pero profundamente asimétrica. Los de arriba están tan acostumbrados a mandar que lo hacen por inercia, sin plantearse si hacen bien o mal; el «guion del fundador» ha sustituido a su conciencia. Los de abajo, por el contrario, están tan entrenados para recibir órdenes que acaban creyendo que cualquier indicación, por absurda que sea, procede directamente de Dios.
El problema es cuando el «diablo te tienta«, como te dicen, y te empiezas a plantear cosas o empiezas a poner peros a las cosas que te dicen. Las bocanadas de aire fresco son lo peor para la vocación: un poco de oxígeno limpio hace maravillas para unos pulmones acostumbrados al aire viciado. Sobre todo oxigena la sangre que va al cerebro que poco a poco empieza a despertar del letargo en que estaba sumergido años y años.
Y lo más gracioso es que los de arriba están tan convencidos de que tienen el mando de tu vida que en muchas ocasiones ni se dan cuenta que el mando se lo has quitado de las manos con un magistral truco de magia. Y cómo te siguen dando la monserga mientras tú piensas por dentro «sigue, sigue hablando… que te crees que soy tonto».
Es una relación tan poco humana que nunca alcanzas a ver lo que hay detrás realmente, o por lo menos yo no he sido capaz de explicarlo. Un día comentaba que del dolor (de la mortificación) al placer solo hay una delgada línea que los separa. En el abuso de poder pasa lo mismo: hay directores que parecen sentir un «gustito» especial al ver la sumisión del otro, una especie de satisfacción narcisista al pulsar los botones de la conciencia ajena.
Por eso digo que no soy un Satisfyer.
Para la Institución, yo era un objeto: mientras tuviera pilas (dinero, prestigio, tiempo, docilidad) y ellos pudieran darle al botón de encendido para sacar de mí lo que quisieran, les servía. Era un dispositivo para su disfrute institucional. Pero el día que se me terminaron las pilas de la paciencia y, sobre todo, el día que tomé yo el control del mando, dejé de ser útil. Me convertí en un trasto viejo al que se tira a la basura sin mirar atrás.
Mi verdadera vida empezó el día que decidí dejar de ser el Satisfyer del Opus Dei. Hoy el mando lo tengo yo. Yo decido cuándo me enciendo, cuándo me apago y con quién comparto mi energía. He pasado de ser un objeto de uso a ser un hombre soberano. Porque no hay «vibración» más potente que la de la propia libertad.
Stella
