Día 76. Cuerpo ≠ Sexo: El fin de la hipnosis moral
Este capítulo es el resumen de todo lo que hemos venido hablando sobre la piel, el tacto y el deseo. En el vocabulario opusino, todo esto se englobaría bajo la palabra «pureza», pero es hora de llamar a las cosas por su nombre: lo que nos vendieron no fue castidad, fue una desconexión forzada de nuestra propia humanidad.
Nos presentaron el cuerpo como la máquina perfecta de pecar. Era una fiera que había que mantener enjaulada y a dieta para que no se desbocara. Nos convencieron de que para agradar a Dios teníamos que ser como ángeles: seres incorpóreos, asépticos, de escayola.
Pero a Dios lo que le agrada es el ser humano.
Él nos hizo a su imagen y semejanza, con carne, fluidos y nervios. Dios no se equivocó al diseñarnos, ni le da asco nuestra anatomía, ni le da miedo nuestro pulso. Todo lo contrario de lo que nos grabaron a fuego en la cabeza.
Cuando pasas décadas en la Institución, tu cerebro acaba sufriendo una especie de hipnosis: cualquier cosa relacionada con el cuerpo se convierte en «ocasión de pecado» o en pecado directamente. El dominio del cuerpo se entiende como una guerra. Por eso en Stella hablamos tanto de la piel, porque ahí fue donde instalaron el control. En la charla, lo primero era la fe, pero lo segundo era siempre la pureza. Era la obsesión de tu numerario y del cura: saberlo todo, despiezar tu intimidad, buscar escrúpulos donde no los había y redactar esos informes que luego la «ristra de chorizos» del Consejo Local devoraba con morbo institucional.
Ese intento de hacernos ángeles ha dejado una mella profunda. Desinstalar ese software de culpa no se hace en una tarde; es una labor de tiempo, sudor y mucha paciencia.
Llegar a separar lo corporal de lo sexual o, mejor dicho, que las cosas corporales no tienen por qué ser sexuales, es labor de tiempo y de esfuerzo. Es una batalla a lidiar desde muchos frentes (ropa, ducha, desnudez, sexualidad, estética… y, por supuesto, pareja), así que no es fácil. Te va a costar. Te va a costar mucho. Habrá días de «resaca de libertad» y días de «corte» insoportable. Pero te aseguro que llegará el día en que normalizarás tu propia existencia.
Llegará el día en que no te avergüences de tu forma, que no te dé miedo ver tu propio mapa de piel ni que te vean los demás. Entenderás que los otros cuerpos son solo eso: cuerpos. Vida. No son peligros en potencia, son compañeros de viaje.
Dichoso el día en que me reconcilié con mi naturalidad. Hoy camino sintiendo el sosiego de la unidad. Soy una sola pieza. Ya no hay un ángel peleando contra un cuerpo. Solo estoy yo, celebrando que Dios me hizo hombre y que, por fin, puedo disfrutar de su obra.
Stella
