Día 74. Enseñar o imaginar: La trampa de la falsa modestia
Hace unos días hablábamos de cómo la Institución consiguió hipersexualizar nuestras vidas. Hoy quiero explicaros el «cómo». Hay una frase que me dijeron hace años y que encierra toda la psicología del control corporal que vivimos:
«Cuando ves un desnudo entero, tu imaginación se detiene porque ya lo tiene todo a la vista. Pero si un escote enseña hasta que se empieza a ver la forma, tu imaginación vuela para completar lo que falta».
Es una verdad absoluta que la Institución conocía muy bien y que utilizó en nuestra contra. En nombre del «recato» y la «decencia», lo que hacían en realidad era alimentar una maquinaria de erotismo enfermizo en nuestras cabezas.
Al obligarnos a medir cada centímetro de piel, al prohibir que se marcara una forma o que se asomara un hombro, estaban convirtiendo el cuerpo en un acertijo. Y no hay nada que excite más a la mente humana que lo que se le oculta a medias. Al taparnos de forma obsesiva, la Institución no protegía nuestra pureza; lo que hacía era erotizar la mirada. Convirtieron una simple blusa o un pantalón en una frontera eléctrica, un lugar donde la imaginación se quedaba atrapada intentando «completar lo que faltaba».
Por eso, el primer día que te ves desnudo frente al espejo, o el día que entras en una ducha pública y ves a otras personas tal cual son, sientes un choque de realidad sanador: el desnudo es, en el fondo, muy «natural» y casi «previsible».
En un desnudo total el cuerpo se vuelve algo sin misterio, natural, casi «aburrido» en el mejor de los sentidos. Es piel, es vello, es forma. Ya está. No hay nada que imaginar porque todo está ahí. La mirada se relaja y el pensamiento se queda en paz. El cuerpo deja de ser un «objeto de deseo prohibido» para ser simplemente un cuerpo humano.
Sin embargo, recuerdo el estrés de las «normas de urbanidad»: ese pánico a que se viera un trozo de espalda o a que el pantalón marcara más de la cuenta. Ese «justo hasta antes de…» es lo que genera la chispa de la hipersexualización de la que hablábamos hace unos días.
La verdadera decencia no es la que oculta con precisión quirúrgica, sino la que mira con naturalidad.
Es la gran paradoja: los que más hablaban de taparse eran los que más nos obligaban a fantasear. Al prohibir el desnudo, nos condenaron a una pornografía mental de la que era imposible escapar, porque la mente siempre busca terminar el dibujo que el «decoro» deja a medias.
Stella
