Día 96. Aprendiendo a confiar

La casuística de cosas que te pueden pasar cuando cierras la puerta por fuera se resume en dos posibilidades, dependiendo principalmente del escalón que ocuparas dentro de la pirámide:

-Los que estaban abajo (supernumerarios/as, numerarias auxiliares, numerarios/as y agregados/os de bajo perfil): son los que no se enteraban de nada o de casi nada del real funcionamiento real de la Organización. Hacían sus normas, iban a las actividades de formación y hacían su apostolado. No tenían puestos de dirección o responsabilidad y no manejaban información sensible. Salen con sus vivencias y sus penas, pero no suelen hacerse grandes preguntas sobre la maquinaria.

-Los que ya están en escalones superiores (numerarios/as): son los que han tenido puestos de dirección, encargados de grupos, trabajos internos). Son los que han manejado a los inferiores, los que manosean información sensible, los que toman decisiones en su Centro. Saben más del funcionamiento real, pero aun así hay cosas que no conocen y que se reserva para los más fieles que trabajan en comisiones o en la sede central. Cuando salen suele ser porque no ha aguantado más las aberraciones del sistema o porque han descubierto el amor carnal dejando atrás el de ángeles.

En ambos casos puedes salir sin rencores, para iniciar una nueva vida y seguir con la imagen de divinidad que tenías de la Institución. Pero también puede pasar que salgas rebotado o que tengas la curiosidad de conocer a fondo el lugar donde pasaste esos años de tu vida y quieras «destripar» el sistema.

Lo primero que descubres es que todo ese «castillo inmaculado» hace aguas por todas partes y, lo peor, es que tu confianza absoluta en el sistema era un puro método para tenerte controlado totalmente: te has fiado de algo que ha utilizado toda la información que dabas. Ya fueran laicos o curas, han utilizado la confianza que depositabas en su cargo para ponerla al servicio de la Institución. Es el descubrimiento peor que puedes hacer: la traición encubierta de dirección.

Después de esto es normal que te cierres a cal y canto y no te fíes ni de tu sombra, y cualquier intento de acercamiento ajeno lo veas como una amenaza de la que hay que protegerse y no como algo natural y bueno.

Es entonces cuando empieza el trabajo, el duro trabajo, de volver a aprender a confiar en las personas. Difícil pero posible. Aunque lo primero que tienes que hacer es confiar en ti mismo y en tu libertad.

En Stella hemos dado muchas pautas para recuperar la naturalidad, empezando por la reconciliación con tu propio cuerpo y así dejarlo de ver como la máquina perfecta para pecar. Siguiendo con tu reconciliación con la vida, la gente, el tiempo… y por supuesto, con Dios. Es poco a poco poder ir apuntando «Batalla Ganada» en este Cuaderno de Bitácora.

Solo cuando confías en que tú eres el dueño de tu vida, puedes empezar a abrir la puerta a los otros. Pero la nueva confianza no es la «docilidad ciega» de antes. Ahora es una confianza con límites.

He aprendido a establecer relaciones sanas donde yo marco las fronteras: hasta aquí puedes entrar, esto es lo que quiero contarte. El resto es mi territorio sagrado, mi intimidad inviolable, accesible solo para quien yo decida.

Hoy ya no soy un libro abierto para que un Consejo Local lo diseccione. Soy una
persona soberana que elige a sus cómplices. Mi libertad es mi nueva manera de
confiar: sin miedos, sin informes y con la llave de mi alma siempre en mi bolsillo.