Día 91. Reconcíliate con tu regla

En el vocabulario de la Institución, la menstruación era el tabú silencioso. Daba miedo incluso pronunciar la palabra; siempre se quedaba en un escueto y misterioso «me ha venido», como si habláramos de una visita inoportuna o de una enfermedad vergonzosa.

Para las mujeres de la Obra, la regla era un semáforo que condicionaba toda la existencia, cargado de connotaciones morales:
-Era la excusa para quedarse en el banco de la piscina viendo cómo las demás niñas nadaban, porque bañarse con la regla era directamente imposible sin recurrir a lo prohibido.
-Era el suspiro de alivio por no estar embarazada de nuevo tras un encuentro con el marido marcado por el miedo.
-O era la tristeza profunda de no haber «logrado» el objetivo de la generosidad impuesta un mes más.
-Y, por supuesto, era la señal de «clausura sexual»: el momento en el que el cuerpo de la mujer dejaba de estar disponible para el marido.

Pero el verdadero campo de batalla era la higiene. ¿Os acordáis de aquellos anuncios de Tampax que prometían libertad? Decían que podías correr, nadar y usar minifalda; que tu regla ya no te detendría. Aquello fue una revolución que chocó de frente con la mentalidad del búnker.

Imaginad la situación: una joven educada en el pavor a tocarse, a la que le han dicho que su cuerpo es un templo que no debe ser profanado ni por ella misma. De repente, tiene que coger un aplicador, abrirse los labios vaginales e introducirse un «palo» hasta el fondo. En la mente de muchas directoras, aquello no era higiene; era una agresión a la pureza, una iniciación al placer prohibido. «¡Apártate de mí, Satanás!», parecía gritar el manual de buen espíritu ante un trozo de algodón.

A muchas les tocó aguantar sermones de numerarias poniéndolas verdes por la osadía de usar un tampón. No quiero ni imaginar el soponcio que les daría hoy si vieran una copa menstrual; para ellas, ese artilugio sería material de película de terror.

Incluso la salud se veía bajo el filtro de la sospecha. Si tu regla era irregular y el ginecólogo te recetaba la píldora para regular las hormonas, empezaba la tortura mental: «¿Es pecado tomar esto siendo cristiana? ¿Y si estoy evitando un embarazo por la puerta de atrás?». Te obligaban a elegir entre tu equilibrio endocrino y tu salvación eterna.

Pero todas tranquilas, que ahora han llegado las bragas, los bañadores y hasta los bikinis menstruales, que son la pera. La máxima discreción, cumplen a rajatabla el estándar de recogimiento y opacidad, y encima no hay que «tocarse» para ponérselas.

Pero lo más importante no es el producto, es la soberanía.

Tener la regla es lo más normal del mundo. No te hace sucia, ni te hace rara, ni te separa de Dios. Es la señal de que dentro tienes vida, de que eres una mujer de carne y hueso y no un ángel de escayola aséptico. Sanar es poder usar todo el arsenal de productos que te dé la gana –tampones, copas, compresas o bragas menstruales– sin que ninguna voz interna te diga que estás mancillando tu «templo».

He recuperado mi regla. He recuperado mi derecho a nadar, a saltar y a sentir mi humedad mensual como lo que es: la marea natural de mi cuerpo soberano. Nadie vuelve a dictar las leyes de mi higiene ni los tiempos de mi descanso. Mi regla es mía.