Día 97. Aprendiendo a decidir
Este viaje de la Vuelta al Mundo ha sido un entrenamiento intensivo para recuperar lo más sagrado que nos quitaron: la capacidad de elegir. Por eso, este capítulo es una invitación a usar la libertad que hemos ido conquistando para aprender, por fin, a decidir.
En cualquier sistema basado en el abuso de poder, el control es la ley. Allí dentro, cualquier decisión –por mínima que fuera– debía ser consultada. No éramos adultos; éramos menores de edad perpetuos buscando el «visto bueno» para no ofender a Dios. A menudo, ni siquiera se nos daba la opción de elegir: el «esto se hace así» era el muro contra el que se estrellaba nuestra personalidad.
A lo largo de este viaje hemos reclamado territorio en muchas áreas:
-En lo material: desde cómo doblar los calcetines hasta la ropa que elegimos.
-En nuestro mapa físico: mirarnos al espejo, sentir el agua caliente o despejar el «matojo».
-En lo íntimo: la sexualidad soberana, individual o en pareja.
-En lo espiritual: desterrar los pecados inventados y la culpa.
-En nuestro tiempo: decidir cómo descansar, cómo ocupar una tarde o unas vacaciones sin pedir permiso a nadie.
Tomar decisiones al principio asusta. Produce un vértigo que los de fuera no pueden comprender. Para cualquier persona, elegir es un acto cotidiano y automático; para nosotros, acostumbrados a un sistema operativo donde TODO estaba preinstalado y bloqueado, cada elección es un esfuerzo mental titánico.
Ya hemos dicho muchas veces cosas parecidas a «bendito el día que me quedé en la cama más tiempo sin dar explicaciones», o «el día que me tomé una aceituna a deshora». Son decisiones simples –que hacemos a diario– pero que cuando estábamos dentro de la Institución teníamos que dar cuenta en la charla y en la confesión. Nos inocularon la idea de que nuestra voluntad era peligrosa.
El proceso de quitar esa culpa de no haber cumplido con la normativa impuesta nos ha llevado muchos días de este viaje, y tal vez nos siga costando en nuestra nueva vida real.
Llegará el momento –y quizá para ti ya ha llegado– en el que podrás decir: «Soy libre y el mundo no va a dejar de girar porque yo haya elegido esto». Lo hice porque me dio la gana. Lo hice porque era lo que yo quería. Y ya no hay nadie sentado en mi hombro para decirme «te lo dije» o imponerme un padrenuestro de penitencia.
En la Institución, el error era pecado o falta de espíritu. En el mundo real, el error es aprendizaje. Si me equivoco, el sol seguirá saliendo, el mar seguirá ahí y yo podré seguir decidiendo, probando y viviendo. Porque la verdadera santidad no es no equivocarse nunca siguiendo un guion ajeno; la verdadera santidad es tener la valentía de escribir tu propia historia, tachones incluidos.
Ahora solo doy cuenta de mis actos ante mí mismo. He recuperado el mando a de mi vida y he reconocido algo maravilloso: el derecho a equivocarme.
Stella
