Día 95. El tiempo perdido. De la montaña al horizonte
Cuando cierras la puerta de la Institución por fuera, te encuentras con una montaña a la que dejas atrás en forma de «tiempo perdido». De repente, te das cuenta de que tienes frente a ti una explanada gigantesca, vacía y silenciosa, donde tienes que empezar a edificar una nueva vida. Y, para qué nos vamos a engañar, asusta muchísimo.
Es como si te dieran un plano de un piso vacío y tienes que hacer la distribución: de repente te ves en la situación de ser el arquitecto de tu nueva vida. Hay quien se lanzaría a hacer rayas y distribuciones de espacios como si fuera un auténtico experto, pero –créeme– no es tu caso.
Venimos de un sistema operativo completamente cerrado. Un mundo donde todo estaba diseñado, normalizado y escrito en un sinfín de libros de reglas que predecían hasta tu último suspiro. Cada semana pasábamos una auditoría (la charla) para vigilar que la ejecución de la normativa fuera perfecta y que los objetivos de la «multinacional» se cumplieran. Vivíamos en una maratón por un «plano inclinado» donde nunca nada era suficiente.
Salir de ahí es un reto. Lo que necesitas no es un parche; es un formateo mental para eliminar ese sistema operativo donde todo está dirigido, e instalarte un nuevo sistema de «código libre» donde vas a poder construir tu vida a tu antojo.
Ya has mirado bastante hacia atrás; ahora es el momento de mirar hacia adelante y empezar a construir. No has perdido tantos años de tu vida en el castillo de cartón piedra; has ganado poder empezar a construir tu vida real a tu gusto. Es el momento de la paciencia y de aprender lo que no te dejaron: a vivir en soberanía y a ser el único dueño de tus decisiones.
No hay que salir corriendo a recuperar el tiempo perdido. A mí me ha costado muchos años ser soberano de mi cuerpo o quitarme esa «culpa» que llevaba siempre encima a modo de «loro sobre el hombro del capitán pirata», que no paraba de gritarme al oído las normas, los pecados inventados y los «deberías». Me impedía escuchar el sonido del mar.
Hoy, por fin, el loro ha volado. Ya no hay nadie en mi hombro susurrándome que soy un «sucio» o que no soy «generoso». He tomado el timón, he ajustado las velas y el rumbo lo marco yo. La explanada ya no me asusta; ahora la veo como el terreno donde estoy construyendo, grano a grano de arena, la historia de amor y libertad más bonita de mi vida.
Soy el capitán de mi propio barco. Y no hay tiempo perdido cuando el destino, por fin, es tu propia paz.
Stella
