Día 87. A 5.000 km (IV). La anorexia afectiva
Hemos hablado mucho de la distancia, pero hoy quiero llegar al núcleo del daño: las consecuencias de haber sido criados como «seres de hielo». Durante años, la Institución nos alimentó con un estándar de pureza basado en la falta absoluta de expresividad. No solo querían que fuéramos ángeles de escayola; querían que fuéramos insensibles. El resultado es lo que yo llamo la anorexia afectiva.
Cuando sales al mundo real, la vuelta a la normalidad es un choque térmico.
Observo con una mezcla de admiración y envidia sana a otros grupos católicos en donde los besos y abrazos están a la orden del día para saludarse, para despedirse y donde darse la Paz es un gesto de afectividad fluida. Me produce una tristeza inmensa recordar cómo en la Obra la afectividad era una palabra prohibida, algo que se extirpó conscientemente de nuestro ADN social.
Me acuerdo de ver esos conventos de monjas de clausura con su refectorio y los restos de las rejas que hasta tenían pinchos para no poder acercarte. Ahora ya te reciben tranquilamente, te dan dos besos y hasta te sacan un piscolabis para compartir sentados juntos alrededor de una mesa. En la Institución la reja física con pinchos se ha sustituido por la «reja mental». Y el colmo es el «maletín confesionario portátil» que utilizan para las mujeres cuando no hay un confesionario en condiciones.
Así llegamos a que todo se vuelve artificial y cualquier «exceso» roza el inicio de la perdición: son esos saludos de dar la mano fríamente entre los hombres o incluso entre las mujeres. O esos brazos cruzados o caídos cuando ya el asunto es entre un hombre y una mujer. O cuando una mujer te saluda ofreciendo la mano. O simplemente el «te ignoro» cuando una mujer va sola sin su marido.
Al principio de mi salida, cuando tenía contacto con gente de fuera, empezaba a sudar solo de pensar en el saludo. Mi cerebro gritaba: «¡Cuidado, que te van a tocar!» Nos grabaron a fuego que un abrazo donde se pegan dos cuerpos es la mecha de un incendio de lujuria. Nos hicieron creer que si alguien te ponía la mano en el brazo mientras hablabas, o si te rozaba la pierna por accidente, era el mismísimo «satanás moviendo el rabo».
Recuperar la afectividad es una labor de años. Es un proceso de «descongelamiento» lento y a veces doloroso. Significa aprender que un abrazo no es un pecado, sino un consuelo. Que un beso no es un inicio de pecar, sino un saludo humano. Que el tacto es el lenguaje que nos confirma que no somos islas, sino personas.
Hoy, cada vez que doy un abrazo sentido o permito que alguien me toque el brazo sin que se me dispare la alarma, anoto una «Batalla Ganada». Estoy aprendiendo a «comer» afecto de nuevo, a nutrirme de la calidez de los demás. He dejado de ser un anoréxico del alma para empezar a ser un hombre de carne que ya no tiene miedo al calor de sus hermanos.
Stella
