Día 82. Internet es mío: El fin de la aduana digital
En este viaje de reconquista, una de las fronteras más liberadoras que he cruzado es la de la pantalla. No hablo de esa red «oficial», ese jardín vallado y censurado por la Institución; hablo del internet infinito. Del internet libre.
Hace tiempo que el Opus Dei «abrió la mano» para que sus miembros usaran las redes sociales, pero no nos engañemos: no fue por libertad, fue por estrategia. Utilizan a su gente como piezas de una maquinaria de propaganda: dar likes por obediencia, ganar seguidores para inflar perfiles de «casa» y manipular el algoritmo para crear una falsa opinión pública.
Es la perversión de aquel lema: «ahogar el mal en abundancia de bien». En la práctica, esto se traduce en un acoso digital hacia cualquiera que se atreva a ser crítico. He visto comentarios negativos en libros y testimonios de exmiembros escritos por personas que se nota a la legua que no han pasado de la portada. «No aporta datos verificados», dicen, cuando lo que tienen delante es una biografía que no necesita más prueba que la verdad de quien la cuenta.
Cuando te libras del control apostólico de internet, descubres el internet infinito. Ya no hay censura de visitar sitios porque sean inconvenientes o simplemente porque no aporten nada. Es como el trato personal: ya no tengo que tratar a la gente con un fin apostólico y esperando sacar un beneficio.
La libertad es poder tener mi cuenta de Instagram o mi blog o lo que sea, y poder compartir mis recetas de cocina, las pulseras que hago en ratos libres, mis canciones o mi técnica de cultivo de champiñones; simplemente porque me hace feliz. He reconocido el placer de lo «inútil», de lo que no sirve para captar a nadie, sino para disfrutar yo.
Pero la verdadera Vuelta al Mundo ocurre cuando vas sin el censor sentado en tu hombro: poder navegar hacia donde quieras o incluso visitar OpusLibros y leer sin miedo los miles de testimonios de víctimas que pasaron por lo mismo que tú. O visitar todas las tiendas online que quieras y ver esas cosas que te hacían apartar la mirada rápidamente de los expositores de ropa, y así incluso poder pensar «eso me quedaría bien; la próxima vez que vaya de compras se viene conmigo a casa».
Y, Dios no lo quiera, si me cruzo con páginas de citas o pornografía ya no entro en pánico. He aprendido a verlo como lo que es: una consecuencia de ser seres humanos, sexuados y curiosos. Es la realidad de las personas buscando conexión, afecto o simplemente explorando su propio instinto. Ya no soy un niño que necesita un filtro en el móvil; soy un adulto soberano que sabe distinguir entre la pantalla y la piel.
Mi libertad es que nadie ponga límites a mi vista ni a mi búsqueda. He recuperado el mando de mi ratón y de mi conciencia. Internet ya no es una herramienta de la Institución; es mi ventana al mundo.
Stella
