Día 89. Vacaciones sin guion

Cuando llegaba el verano, para un supernumerario empezaba una pesadilla logística: organizar el calendario. No se trataba solo de encajar los días de la empresa con los de la familia; el verdadero problema era la Institución. Tenías que meter con calzador la convivencia, el retiro mensual, los Círculos y las normas de piedad. Y, válgame Dios, «¡cómo se te ocurre ir a un sitio que solo hay misas los domingos!»

Todos los años te vendían la moto de la misma manera: «La convivencia es una semana para que descanses de tu familia, en una casa que es como un hotel de 5 estrellas, y sobre todo para convivir con tus hermanos y vivir el espíritu de casa todos juntos».

Entrando ya en la normativa de decencia, cómo no señalar la guerra con tu numerario para convencerte de que no se te ocurriera ir a la playa: con lo bien que se está en los guetos organizados en medio de la montaña tipo Amish donde solo se ven bañadores enteros y gente recatada.

Para los numerarios la guerra del verano era el curso anual: 25 días de seguir conviviendo con otros similares, estudiar y darte el lujo de hacer algunas excursiones. Además, prepárate para atender las convivencias de supernumerarios que te asignen: con sus clases, deporte, actividades y lo que venga. Un auténtico descanso.

Cuando dejas atrás la Institución, el verano es «ese gran desconocido».

De repente, el calendario está en blanco. No hay nada marcado en rojo. Y confieso que ese vacío, la primera vez, asusta. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo se vive sin que nadie me diga dónde tengo que estar?

Si tienes familia, el cambio es un suspiro de alivio. Por fin puedes disponer de todo el tiempo para los tuyos sin ese «invitado invisible» que es la Obra. Disfruta. Ve a la playa, al cine, a un parque temático. Quédate tranquilamente en la toalla sabiendo que nadie te vigila ni te va a pedir un informe después.

Si no tienes familia, el reto es distinto pero igual de hermoso: es el momento de reaprender a vivir para ti. No hace falta nada extraordinario: tal vez sea el momento de cambiar el color de tu habitación, hacer una renovación de ropa, empezar a ver una serie o leer un libro, hacer algo nuevo, o atrévete con ese bikini que te costó sudor comprar y estrénalo en la playa. Y así, tirada a la bartola en la toalla, deja que el sol bañe tu cuerpo. No tienes que aprovechar el tiempo; tienes que habitarlo.

Unas vacaciones sin guion no son un «viva la Pepa» sin sentido. Son la recuperación de tu tiempo y de tu alegría. Es quitarse la opresión de los Estatutos para sentir el pulso de la vida real.

Este verano, el único director de tu descanso eres tú. Otra vez a desaprender el miedo para aprender a disfrutar.