Día 81. El valor de mi silencio

Después de pasar años y años contando tu intimidad a los directores espirituales que han ido pasando por tu vida, laicos y curas, te da la sensación de que la intimidad no existe: no estás acostumbrado a tener pensamientos solo para ti. Tu fuero interno, con sus pensamientos, ha sido desmenuzado por unos y por otros y tú ni te has enterado. Has perdido el valor de la intimidad mental.

Cuando sales de la Institución, te encuentras en situaciones surrealistas. A veces te descubres contando cosas demasiado personales a desconocidos, simplemente porque no sabes dónde está el límite. O, peor aún, haces preguntas invasivas a los demás sin darte cuenta de que te estás metiendo donde nadie te ha llamado. Hemos perdido los planos de nuestra propia casa.

Es la gran paradoja del Opus: tu intimidad física te obligan a reservarla, a ocultarla, a que nadie sepa de ella; pero tu intimidad mental es un libro abierto. Es justo lo contrario a la naturalidad del ser humano.

Ya he hablado en muchos capítulos de la vergüenza a todo lo relacionado con el cuerpo: desde la ropa (el ocultar y que no se vea o marque nada, que cumpla una normativa de decencia y decoro), el propio cuerpo (la desnudez, las formas) o la propia sexualidad (donde todo es malo o malísimo si no está orientado a la procreación). La natural del hombre, y lo que nos hace semejantes unos a otros, había que tener un cuidado obsesivo con ello.

Nos han estado violando el alma durante años y nos hicieron creer que era «santidad». Toda tu vida desmenuzada en informes que pasaban de mano en mano por gente que ni conocías. Y lo más triste es que lo normalizamos: «si se hace así, debe estar bien». Pues no. Está expresamente prohibido por la Iglesia y es un atentado contra la dignidad humana.

Hoy vivo en un mundo al revés… y por fin es el mundo correcto.

Estoy aprendiendo a vivir con mi cuerpo como cualquier persona normal: sin asco, sin vergüenza y dejando que sea simplemente un cuerpo natural. Y, al mismo tiempo, estoy aprendiendo a reservar mi pensamiento.

He descubierto que no tengo que contarlo todo. Que mis silencios son míos. Que tengo derecho a tener secretos, a rumiar mis ideas sin dar parte a nadie y a cerrar la puerta de mi mente con llave.

Reclamar el valor de mi silencio es el acto de soberanía más profundo de mi Vuelta al Mundo. Mi cuerpo ya no se esconde, pero mi mente ya no se exhibe. He recuperado la llave de mi armario y de mi fuero interno. No hay nada más sagrado que saber que en mi cabeza ahora mando yo.