Día 85. Mis nuevos hobbies
Cuando das el portazo y recuperas tu vida, te encuentras con algo que no esperabas: una agenda medio vacía. De repente, han desaparecido las normas, los horarios rígidos, los medios de formación y ese proselitismo constante que llenaba tus horas al cien por cien. Incluso ese silencio de la noche que antes tenías que «habitar» ha saltado por los aires.
Te encuentras ahora con una situación nueva: el tiempo disponible y ¿qué hago con él?
Antes de que tu cerebro, por inercia, intente dirigir ese hueco hacia un nuevo «plan apostólico», necesitas un reseteo mental radical:
-Deja de pensar en los demás y céntrate en ti. No busques servir, busca disfrutar.
-Olvida lo que es «conveniente». No tiene que ser edificante, solo tiene que gustarte.
-Apaga al censor. Ese que te decía que ciertas cosas eran impropias o una pérdida de tiempo.
Es el momento de explorar quién eres sin el guion de la Institución. Céntrate en lo que te apetece, sin listas de pros y contras. Si no sabes qué se te da bien, prueba. Tienes el mundo real a tu alcance y, por fin, tienes permiso para mirar.
Hay placeres que no necesitan nada más que tu presencia: leer un libro sin mirar el índice de libros prohibidos, ir al cine, engancharte a una serie, pasear sin rezar o perderte en un museo.
Hay otros que requieren ensuciarse las manos: tocar un instrumento, hacer manualidades, pintar, cocinar platos de autor o incluso coser (pero esta vez para ti, no para la Administración). A lo mejor descubres que tienes un talento que ellos nunca quisieron que vieras.
Y hay cosas que son, directamente, medicina para tu soberanía: apuntarte a un gimnasio, hacer pilates o ir a nadar. Yo tardé años en poder entrar tranquilo a una piscina pública (y ya habéis leído en este Cuaderno de Bitácora todo el proceso de «corte» y transparencia que eso supuso), pero el descubrimiento fue brutal. La natación fue para mí un tres por uno: gané bienestar físico, gané paz mental y, sobre todo, me llevé el gustazo de dejar todos mis miedos encerrados en la taquilla del vestuario.
Atrévete incluso con lo que antes te daba pánico por «sensual»: vete a un spa, deja que los chorros te toquen la piel, o permite que las manos de un masajista traten tu cuerpo con la naturalidad del cuidado profesional.
Y si nada de eso te apetece, simplemente queda con un amigo o una amiga para tomar una caña. Y hazlo sin la libreta mental de ver cómo va su vida interior o si tiene «perfil» para pitar. Queda solo por el placer de conversar.
No te preocupes si al principio te sientes torpe o te da vergüenza. Nadie nace sabiendo ser libre. Todo cuesta, pero cada minuto que dedicas a algo «inútil» para la Institución es un minuto que le ganas a tu verdadera vida.
Disfruta de tu agenda vacía. Es el lienzo donde, por fin, vas a pintar tu propia Vuelta al Mundo.
Stella
