Día 83. Me fui a comprar ropa

Ya he hablado antes de la ropa, pero hoy quiero cerrar el círculo hablando de la mentalidad al ir a comprarla. Porque, para nosotros, entrar en una tienda no es un trámite; es un ejercicio de soberanía.

Lo primero y más sagrado es la soledad elegida. Ahora tengo la libertad de comprar lo que me dé la gana sin que nadie me supervise, sin que una «carabina» me acompañe físicamente para dar el visto bueno y, sobre todo, sin que esa voz interna me susurre qué es lo adecuado. Bye bye acompañantes y directores: hoy me voy de compras solo conmigo.

Ya sea en la tienda del barrio por la que pasas todos los días, en el mercadillo, en una tienda de marca conocida, en unos grandes almacenes o por internet, la cuestión es entrar, ver lo que hay y encontrar cosas que me hagan sentir bien y no cosas que me hagan parecer «un ángel».

Ahora viene hablar de la mentalidad que hay que tener una vez que entramos: es el momento de olvidar «lo de siempre» y de «abrir la mente» a otras cosas. O lo que es lo mismo, olvidar el blanco y los colores neutros y lanzarnos a por los colores y estampados alegres. De igual manera, olvidarnos del recato y la modestia y buscar prendas que dibujen mis formas, que reconozcan que tengo un cuerpo y que no pidan perdón por ello. Y, por último, apagar al vigilante ese que llevamos en el oido y que te dice al oído «eso es demasiado corto» o «eso marca mucho».

Mi libertad es dejar de usar la cinta métrica. Ya no cuento cuántos centímetros hay desde la rodilla hasta el borde de la tela. Ya no me obsesiona si los tirantes de un vestido son demasiado finos o si la tela es tan ligera que deja intuir la ropa interior o los pezones. Ya no sudo de angustia al probarme un bikini de lacitos solo porque no lo «recoge» todo a la perfección.

He decidido que mi cuerpo no es un peligro público.

Elegir lo que quiero es el fin de la hipersexualización. Es ver mi cuerpo y el de los demás como algo natural creado por Dios y no como una máquina de pecar que hay que camuflar al «estilo cebolla». Si la ropa marca, es porque debajo hay vida. Y la vida es buena.

El ritual termina en casa. Sacar la ropa de las bolsas sin miedo a que alguien la vea y la haga «desaparecer» misteriosamente. Probarme cada prenda frente al espejo, sin vaho y sin prisas, y decir: «esto es mío, me gusta cómo me queda y soy yo».

La fase final de esta «Batalla Ganada» es salir a la calle o a la playa estrenando mi propia voluntad. Ya sea un traje entallado, una blusa que deje respirar la piel o ese bikini que tanto me hizo sudar.

Cerrar el armario de la Institución ha sido abrir la puerta de mi verdadera identidad. El mundo sigue girando, pero ahora camino por él con los colores que yo he elegido.

Y yo tan feliz.