Día 80. Despité y tan ancho me quedé (III)

Ya he dedicado dos capítulos a mi salida de la Institución un 19 de marzo, pero este tercero es necesario para hablar del «día después». Porque, frente a los augurios de catástrofe que te lanzan cuando planteas irte, el día 20 amaneció igual que todos los demás.

El sol salió por el horizonte y yo acababa de empezar mi nueva vida. Me fui a Misa y luego al trabajo con una tranquilidad que me asombraba a mí mismo: el Opus Dei había salido de mi vida y yo había tomado los mandos con total normalidad. Sin rayos, sin truenos, sin el vacío existencial que me prometieron.

Recuerdo ver en mi móvil una llamada perdida del cura con el que habitualmente me iba a confesar (que ni era el asignado de mi Centro, ni iba a verle cada semana pero, al menos, me daba más confianza que otros). Me resultó curioso que llamara pues nos veíamos cada 15 días y habían pasado solo 7… Ya le habían dado la noticia y llamaba para «informarse». O, mejor dicho, para ver qué podía pescar en mi fuero interno para retransmitirlo a los directores. Se quedó con las ganas. Mi intimidad ya no estaba en su base de datos.

Me causa risa y pena ver cuando los mandamases del Opus hablan de los «ex» como personas con las que siguen contando, que siguen invitando a sus cosas y animan a seguir participando en la labor, o incluso vuelven a retomar su vocación.

Yo no salí rebotado, ni con ganas de guerra o maldiciendo a todos los de dentro. Salí de una manera pacífica pero sin avisar, y eso les debió molestar mucho. Tanto, que cortaron rápidamente cualquier relación posible. Me borraron y se acabó. Al fin y al cabo no les servía para nada; no tenía nada que les interesara: ni dinero, ni poder, ni era ejemplar. Era puro lastre.

Pero el tiempo es el mejor desinfectante. Empecé a sentir curiosidad por el funcionamiento real de la Institución. Conocí OpusLibros, Ágora, denuncias eclesiásticas y civiles y, por supuesto, conocí a exmiembros. De repente el Papa Francisco sacó el Motu Proprio Ad charisma tuendum y más tarde el que modificaba las Prelaturas Personales y las asemejaba a asociaciones clericales. Estaban obligados a modificar sus Estatutos para adaptarlos a la nueva «legislación» impuesta por la Iglesia.

El castillo de cartón piedra empezaba hacer aguas y, para rematar la situación, salió la serie «El minuto heroico» de Max y los libros Paula Bistagnino y de Gareth Gore. El prestigio por los suelos.

Y como toda situación mala, también es susceptible de empeorar: empezaron a salir a la luz casos de abusos sexuales a menores en entidades relacionadas con la Institución.

Mi interés por conocer la verdad del Opus se desbocó definitivamente.

Han ido pasando los años y mira mi situación: no salí rebotado, pero me convertí en un perseguidor de la verdad. Cuando estaba dentro me «cortaron las alas» para que me ciñera a sus objetivos y no me pusiera a inventar cosas nuevas. Y ahora estoy en plena escritura del Cuaderno de Bitácora de mi viaje de sanación tras haber pasado por allí, para poder compartirlo y así ayudar a otras personas que han pasado por lo mismo.

Ellos me querían mudo y dócil; Stella me ha devuelto la voz y el descaro. Desde que vuelo con mis propias alas, el horizonte es infinito.

Y a ver cómo evoluciona todo esto.