Día 75. Parecía una buena idea. Pero la mató el control
Si nos fijamos en el carisma del Opus Dei (en el original y no en las diferentes versiones que hemos podido escuchar últimamente), la idea es muy atractiva: La santificación del trabajo profesional y de los deberes ordinarios del cristiano.
Suena bien, pero tampoco es que se descubriera la panacea de los carismas. Ya siglos atrás San Benito dijo aquello de Ora et labora y otras instituciones también con solera buscaban a personas prestigiosas en universidades y empresas. En aquella época, la sociedad era la gran tarta a repartir, y tanto órdenes religiosas como sociedades secretas intentaban hincar el diente a los personajes influyentes.
Y es que el fundador no lo tuvo fácil, incluso reseteó varias veces el sistema por que los que se acercaban no se acababan de enterar de lo que él pretendía.
Si rebuscamos en la documentación primigenia del Opus Dei encontramos el Primer Reglamento de 1941 (antecesor de los Estatutos actuales) que nada tiene que ver con lo que tenemos hoy en día: se hablaba de presidente general, socios, ausencia de propiedades, de que solo se aceptaban pequeñas limosnas y nunca legados, prohibición de hacer publicaciones escritas o insignia distintiva… todo muy sencillo escrito en un par de folios. ¡Y hasta escrito en castellano vulgar!
Pero entonces llegó la Constitución de 1950. Aquello fue el inicio del fin de la sencillez: 479 puntos para dejar las cosas «atadas y bien atadas». Ahí ya se permitían los legados y las donaciones, y también se habla de «Sociedades Auxiliares» (empresas pantalla sujetas a la autoridad del Instituto). Pero lo que más me hace reír (por no llorar) es el punto sobre la castidad: «Amen los miembros y guarden con gran diligencia la castidad, que hace a los hombres muy semejantes a los ángeles y los vuelve muy gratos a Cristo y para su Santísima Madre. Serán, pues, todos, como ángeles de Dios, teniendo por cierto que la actividad del apostolado debe estar apoyada en la castidad». Ahí nacieron los ángeles de escayola de los que tanto hablamos en Stella. Nos querían seres incorpóreos para que el apostolado fuera más «eficaz».
¿Y qué paso? El tinglado montado por Escrivá fue mutando adoptando figuras jurídicas diferentes y llegaron los Estatutos en latín (que nadie tradujo expresamente). Empezó a aparecer la maraña de documentos de gobierno que venían a interpretar los Estatutos en latín, o eso decían. Como si de una organización milenaria se tratara, todo se dispuso alrededor del catecismo, costumbres, normas, vademécums, experiencias, instrucciones… un sinfín de libros que reglamentaban todo, absolutamente todo, el Opus Dei.
¿Por qué se pasó de la sencillez al delirio burocrático? Mi conclusión es simple: se dieron cuenta de que tenían entre manos «la gallina de los huevos de oro». Y en lugar de dejarla volar, la metieron en una jaula y la pusieron a producir.
Así llegó el control absoluto y se acabó el Opus Dei.
Junto con la denuncia de fraude de gobierno que se presentó hace pocos años al Papa Francisco, se le mandaron 40 libros de normas internas. ¿Y solo presentaron 40 libros? ¡Con lo que debe haber guardado bajo llave!
Todo esto no se hace de la noche a la mañana. Para redactar tal cantidad de documentación se necesitarían años y muchas personas trabajando exclusivamente en desmenuzar, hasta pedazos microscópicos, todo lo que puede necesitar el gobierno de una Institución.
Porque es imprescindible que todos sepan que la norma dice que: «Las velas del oratorio se encienden desde dentro hacia afuera».
¿A qué chalado se le fue la olla para llegar a esto?
Termino como empecé: la idea de santificar el trabajo parecía buena, pero se ejecutó fatal. Convirtieron un camino hacia Dios en una maquinaria de inspección técnica del alma. Y una gallina enjaulada, por muchos huevos de oro que ponga, termina por olvidarse de cómo se vuela.
Stella
