Día 73. …Y no fui corriendo a confesarme
Ya hemos hablado en otras ocasiones de la trampa de la confesión, como método de reseteo espiritual, pero aquí voy a llegar un poco más lejos: esa primera vez que no fui a confesarme para resetear mi alma o, de dicho de otra manera, cuando conseguí eliminar «la culpa».
En la Institución nos inocularon una conciencia tan escrupulosa que rozaba la locura. Te decían que con solo pensar que ibas a pecar ya era pecado, aunque no lo hubieras cometido ya estabas pensando en cometerlo. Eso acababa en unos problemas horribles de escrúpulos para las almas de la gente: casi soy perezoso, casi me dejo llevar por la ira, casi lo hago, casi le miro el escote… Y ahí que ibas a confesarte de esos «casis» que te martirizaban por no haber sido lo suficientemente fuerte para no llegar a ese casi: la conciencia escrupulosa.
Y luego, para parecer más modernos, se dio un cambio de mentalidad: «si no pasa nada, luego te confiesas y ya está». Por un lado te quitan la culpa con un «si no pasa nada» pero por otro lado la vuelven a recuperar «luego te confiesas» y se soluciona. O sea, que la culpa sigue estando.
Pero si me dices que «no pasa nada», ¿por qué me tengo que confesar después? ¿A qué estamos jugando? Las cosas están bien o están mal. Si me dices que las haga y que no pasa nada es que debe ser que está bien hacerlo. Pero luego no me añadas que me confiese, porque entonces es que están mal.
Esto es lo que ya hemos hablado otras veces: haz lo que quieras, pero que no sea un escándalo. Luego te confiesas con un sacerdote externo y nadie se entera.
Pero detrás de tanta hipocresía el problema de fondo sigue estando: la culpa. Esa palabra a la que relacionas con el Dios castigador que te está vigilando constantemente para anotar en su Excel esos pecados horribles que estás cometiendo o vas a cometer; esos pecados que ahora te dicen que no pasa nada por cometerlos, pero que parece que ese Dios a veces se puede tapar los ojos para no verte… pero luego te exige confesarte para dejarte dormir tranquilo.
A lo mejor es que estamos «meando fuera de tiesto», y en vez de una religión de amor y misericordia a lo que hemos llegado es a un conjunto de normativas que reglamentan nuestras vidas para que parezcamos ángeles y no hombres de carne y hueso.
Pero Dios sabe perfectamente cómo somos y no se escandaliza; más bien se debe reír mucho de nuestras tonterías de humanos.
Y Jesús lo dejó claro: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Él sabía que el examen final no será sobre los pecados que cometimos, ni mucho menos sobre los que «casi» cometimos. El examen final será sobre cuánto hemos amado.
Bendito el día en que pude eliminar la culpa de mis actos. El día que entendí que mi paz no depende de que un cura pulse el botón de reset, sino de mi propia soberanía. Hoy ya no corro a ninguna parte. Camino «tan campante», porque el Dios que me espera al final del día no tiene una agenda de faltas, sino los brazos abiertos de un amigo.
Stella
