Día 55. Despité y tan ancho me quedé (II)

Ya conté cómo fue mi salida de la Institución un 19 de marzo, pero hay detalles que en aquel momento pasé por alto y que hoy, con el sosiego de la distancia, quiero contarlos.

Evidentemente, la decisión de irme no fue un arrebato de una noche; llevaba años con la mosca detrás de la oreja. Fue un proceso lento de darme cuenta de que me estaba asfixiando.

Recuerdo a mi numerario cuando se presentó en casa aquella noche para suplicarme que no me fuera. Me soltó el reproche: «No has sido sincero en la charla, no me habías dicho nada de esto antes». El problema no es que yo no hablara; el problema es que él –y el sistema entero– se negaba a escuchar los síntomas. Bien que me reconoció: «Sabemos que te hemos cortado las alas».

La salida es algo tan raro para los de dentro que prefieren borrarte de un plumazo antes que hacerse preguntas incómodas. Todavía me acuerdo de uno de mi exgrupo que me encontré por la calle y soltó: «Ya me he enterado de que te has salido; claro, es que una quiebra empresarial lleva a estas cosas». Se te queda cara de póker. ¿Qué tiene que ver una quiebra empresarial con mi fe? ¿Se dan cuenta de que ese comentario demuestra que para ellos la Obra es más una sucursal bancaria que una familia de Dios?

Me fui del Opus Dei porque estaba perdiendo mi tiempo y mi fe con ellos. En la Institución todo está pensado para que tú no tengas que pensar. Solo tienes que cumplir: hacer el plan de vida, leer lo que te dicen, rezar lo que te mandan. Les aterra la improvisación, les molesta que tengas iniciativa, no vaya a ser que Dios te diga algo directamente a ti. Porque allí, Dios solo habla a través de los directores. No podían soportar que yo tuviera mis propios planes. Dios me dio unos talentos y allí los estaba desperdiciando.

Aquel 19 de marzo fue el inicio de mi verdadera vida, y me quité de encima:

-Rezar estampas como un papagayo (era para volverse loco).
-Rezar por obligación y para tachar la casilla del cumplimiento.
-A un montón de gente que decía ser mi «familia» y no eran ni conocidos.
-La obsesión por la mortificación a todas horas y por cualquier tontería.
-Y muchas más cosas.

Y desde entonces:

-Rezo cuando quiero y como quiero.
-Sigo yendo a Misa casi todos los días, pero voy para estar con Jesús, no para que me vea el numerario de turno.
-Busco a Dios donde se presenta, no donde me dictan sus guiones.
-Paseo tranquilo viendo el mundo, sin necesidad de ir absorto en oraciones mecánicas.
-Reconozco mi cuerpo como la gran Obra de Dios y no como la máquina perfecta de pecar.
-Y muchas más cosas.

Durante años me dijeron que, si abandonaba la Obra, perdería la fe y terminaría lejos de Dios. Ha ocurrido exactamente lo contrario. El día que salí dejé de caminar con las alas cortadas. Hoy sigo buscando a Dios, pero ya no lo hago desde el miedo, sino desde la libertad. Y esa ha sido la mayor victoria de todo este viaje.