Día 46. Lavandería de conciencias: Cuando el control llega hasta tus bragas

Navegando por la web de un Colegio Mayor de la Institución recientemente reformado, me he llevado una sorpresa de esas que te dejan el cuerpo frío. Entre la lista de servicios exclusivos, anuncian con total naturalidad que el precio incluye el lavado de sábanas, toallas y… ropa interior.

A primera vista, alguien de fuera podría pensar: «¡Qué bien, qué cómodo!». Pero si conoces el engranaje del castillo de cartón piedra, se te ponen los pelos de punta.

Durante décadas, ha habido una diferencia de género sangrante en estos Centros. A los chicos se nos lavaba todo (nos trataban como a señores servidos por mujeres invisibles); a las chicas, en cambio, se les obligaba a lavarse su propia ropa. ¿Por qué? Por un pudor mal entendido y para entrenarlas en las «labores domésticas».

Que ahora anuncien que se incluye el lavado de la ropa interior como una ventaja de modernidad es, sencillamente, el colmo del voyerismo institucional. Lo que no le cuentan a la universitaria que se matricula es que en esa lavandería no hay solo jabón y suavizante; hay juicio. Poner tu ropa interior en manos de la «Administración» (ese ejército de numerarias auxiliares y directoras que vigilan el espíritu de casa) es entregarles el inventario de tu intimidad: ¿Son bragas blancas de algodón «decente» o has tenido la osadía de comprarte un tanga de encaje? ¿Tu ropa interior es de marca cara (falta de pobreza) o es demasiado sugerente (falta de pureza)? ¿Hay manchas que delaten tu ciclo biológico o, Dios nos libre, alguna «caída»?

En la Obra, la lavandería siempre fue un departamento de aduanas. Todos conocemos historias de prendas que «desaparecían» misteriosamente porque no cumplían el estándar de casa. Al incluir ahora el lavado de la ropa interior en el servicio común, lo que están haciendo es eliminar el último reducto de privacidad biológica que les quedaba a las residentes.

Es de una caradura alucinante ponerlo en la web como si fuera un valor añadido. Es como si el Gran Hermano te dijera: «No te preocupes, nosotros nos encargamos de vigilar hasta tus zonas más íntimas para que tú no tengas que molestarte».

Prefiero mil veces frotar a mano en un barreño que dejar que una institución con ansias de control meta sus narices en mi cajón de la ropa limpia. Porque cuando te lavan hasta las bragas, lo que en realidad están intentando es dejarte sin ropa, sin secretos y sin soberanía.