Día 35. La pobreza (I). ¿Pobreza?
Hoy toca hablar de uno de los tres pilares de las «promesas» (que no votos, ni botas, ni botines) que se hacen al entrar en la Institución: la pobreza. Pero cuidado, porque en el diccionario de casa, «pobreza» tiene dos acepciones que no se parecen en nada.
Está la pobreza personal y la pobreza institucional. Aquí es donde empieza el teatro.
La pobreza personal es la que vive el miembro de a pie. Los numerarios, agregados y auxiliares entregan su sueldo íntegro (ahora por lo visto dan lo que quieren mas el dinero de su manutención, o eso dicen) y reciben una cantidad para gastos que deben justificar hasta el último céntimo. A los supernumerarios, por su parte, se les recomienda que aporten una cantidad mensual equivalente a «mantener un hijo más».
Pero luego está la pobreza institucional. Esa sencillamente no existe. Como me explicaron para que lograra entender el concepto: «En el Opus Dei la pobreza se vive de manera personal, pero no institucional».
Por eso nunca verás un Centro sucio, viejo o mal cuidado. El dinero fluye sin contemplaciones para reformas, muebles de diseño, cuadros clásicos y flores frescas. Siempre bajo la excusa de que «nuestras casas deben ser dignas y atractivas» para que la gente se sienta a gusto. Es curioso: en cualquier Centro moderno, cada habitación tiene su aire acondicionado y su baño individual; mientras tanto, en la casa de un supernumerario de clase media, el aire acondicionado se limita al salón y se comparten baños y habitaciones.
Y no hablemos del servicio doméstico. En los Centros, todo funciona como por arte de magia gracias a la Administración, ese ejército invisible que hace que el numerario no tenga que mancharse las manos.
Y así descubres que la finalidad de la pobreza personal no es la austeridad, sino el control.
No poder comprarte un chicle sin consultarlo es una forma de infantilización. Te crean remordimientos por comprar un billete de autobús pudiendo ir andando, para «ser generoso». Si necesitas ropa, tienes que pedir permiso (y a menudo ir acompañado) para asegurar que el modelo es «decoroso». Y antes de estrenar nada, siempre te sugieren mirar en el armario de «cosas usadas que aún sirven».
Y luego están los curas, que son un caso aparte en este inventario. Sus gadgets y lujos siempre tienen una procedencia providencial: «el iPad me lo regaló mi sobrino», «el portátil es de mi padre», «el coche no lo usaba mi tía». Una suerte increíble, oye.
Mientras tanto, los supernumerarios de verdad andan reciclando zapatos, libros y mochilas de un hermano para otro porque la economía no da para más. Y encima tienen que aguantar a su numerario presionando, diciéndoles que «no sienten la Obra como algo suyo» porque no dan suficiente dinero. Visto lo visto, en vez de dar la aportación en dinero, quizá habría que darla en especie: libros usados, pantalones con rodilleras y calcetines zurcidos. ¿Te parece? Al fin y al cabo, eso es lo que nos vendieron como pobreza, ¿no?
Pobreza institucional… qué buen chiste. Lo que hay es un botín muy bien gestionado a costa del sacrificio ajeno.
Pero de esto hablaremos más otro día.
Stella
