Día 50. Familia Opusina (III): La trampa de la «generosidad»

Si hay una palabra que la Institución ha pervertido hasta hacerla doler, es «generosidad». En el mundo de los supernumerarios, la generosidad no es un acto libre del corazón; es una métrica de producción. Y el producto principal son los hijos.

Desde el primer día de matrimonio, el contador se pone en marcha. Te graban a fuego que hay que «traer al mundo los hijos que Dios mande», pero en la práctica, eso suele significar traer todos los que la biología permita, sin importar el coste.

Es la maratón del plano inclinado: si tienes tres hijos, te preguntan por el cuarto; si tienes cinco, te animan a por el sexto. Nunca es suficiente. Siempre hay alguien en el Centro –tu numerario o el cura– recordándote que la verdadera santidad está en esa «camada» numerosa que sirve de escaparate para la Obra.

Para gestionar esta presión, nos vendieron el famoso curso de «Métodos Naturales». Nos decían que era «planificación familiar responsable», pero en realidad era un manual de ingeniería para dar en el clavo. Se trataba de conocer el ciclo no para decidir cuándo descansar, sino para aprovechar cada resquicio de fertilidad en aras de esa generosidad mal entendida.

El resultado es a menudo un hogar que, lejos de ser «luminoso y alegre», es una olla a presión. Padres agotados, madres con la salud quebrada y una economía familiar al límite para poder pagar los colegios de Fomento. Pero eso sí, en la foto de la convivencia, todos sonrientes.

Hoy, ante el miedo de que las familias jóvenes huyan de esta esclavitud biológica, ha aparecido la hipocresía de supervivencia. Ahora se tolera que se use el preservativo o se acuda a soluciones drásticas si la cosa se va de las manos, siempre que se mantenga el secreto. Prefieren un matrimonio que «peque y se confiese» antes que uno que diga públicamente: «No queremos más hijos porque nuestra salud no lo aguanta».

Pero si la presión es asfixiante para quienes tienen hijos, el suplicio roza lo inhumano para quienes no pueden tenerlos.

En una Institución donde la «familia modelo» es el carné de identidad, un matrimonio sin hijos es visto como una anomalía, casi como un fallo de fabricación espiritual. He visto a parejas destrozadas por dentro, sintiéndose culpables por algo que es pura biología. Se ven sometidas a un escrutinio constante: la mirada de lástima, los «pobrecitos, rezamos mucho por vosotros» y el consejo eterno de que «sigan intentándolo» sin importar el desgaste emocional.

Se lanzan entonces a una búsqueda desesperada de soluciones, navegando por el laberinto de lo que la moral de casa permite y lo que no, siempre con el miedo a no estar a la altura del estándar de «generosidad». Se les hace creer que su matrimonio es de segunda categoría porque no alimenta la «fábrica de numerarios».

Es una crueldad infinita: utilizar el deseo legítimo de ser padres para alimentar su sentimiento de insuficiencia y su dependencia del Consejo del Centro.

¿De verdad creemos que Dios es un contable que está en la mesilla de noche fiscalizando el termómetro de la ovulación o contando cuántos pañales compramos? ¿Hacemos hijos para que sean personas libres o para rellenar las estadísticas de una institución que necesita cantera?

Yo he decidido que la verdadera generosidad es la responsabilidad.

La sanación consiste en recuperar la soberanía sobre nuestro propio proyecto de vida. Un hijo debe ser el fruto de un amor libre y consciente, no un objetivo de una empresa espiritual. Es más santo un hogar con dos hijos criados en paz y libertad, que una familia numerosa donde los padres viven anestesiados por el cansancio y la culpa de no poder con todo.

Dios nos dio un cuerpo para disfrutarlo y una inteligencia para usarla. Se acabó el fabricar «camadas» por decreto. Hoy elijo que mi familia sea un lugar de vida, no una sucursal de producción del Opus Dei.