Día 71. La conquista de mi playa

Los que vivimos junto al mar tenemos esa necesidad vital de que, en cuanto asoma el buen tiempo, corremos hacia la orilla. Pasear por la arena, sentir el salitre y bañarnos es, para el Opus Dei, una apuesta directa por la «ocasión de pecar».

No hablamos de la eterna batalla entre el bañador o el bikini; eso es para principiantes. A mí me enseñaron que la playa era un territorio prohibido porque «las mujeres están desnudas». De ahí esa obsesión por crear guetos de familias inmaculadas, urbanizaciones en mitad de la montaña donde vivir aislados del mundo, en plan Amish, para proteger una pureza de cristal.

¿De verdad es necesario esconderse para llevar una vida digna? ¿Tan horrible es el cuerpo que Dios nos creó que tenemos que huir del mar para no ofenderle?

En mi búsqueda de la libertad descubrí «mi playa»: un rincón escondido entre dos calas famosas al que solo se llega andando o en bici. Es un lugar sin música, sin niños gritando y sin la señora voceando al «Josua». Solo hay arena, brisa, gaviotas y el sonido de las olas rompiendo. El escenario perfecto para reconectar conmigo mismo.

Pero el primer día que llegué, me encontré con la realidad: el topless habitual allí no existía; había sido sustituido por el «bañador entero de piel». Yo aparecí con mi culotte de ciclista, sudado y opaco, y me encontré a gente sin nada, caminando «tranquilamente». Mientras yo hacía filigranas para cambiarme bajo la toalla sin que se viera un centímetro de carne, ellos simplemente existían. Sentí mi propio «estreñimiento mental» golpeándome en la cara. Me di cuenta de que, en esa situación de vulnerabilidad, yo seguía oprimido. ¿Dónde estaba la libertad que tanto pregonaba?

Así que empecé mi conquista. Muy lentamente, como todo lo que vale la pena. No es lo mismo el vestuario de la piscina, donde pasas cinco minutos desnudo por higiene, que la playa. La playa es habitar el tiempo. Pasar de unos minutos a unas horas. Pasar de un aclarado rápido a tumbarte al sol sin ropa, darte la crema sin barreras y sentir cómo el sol iguala, por fin, las marcas de mi pasado.

He aprendido que la libertad tiene el tacto de la brisa en lugares donde nunca antes había llegado el aire. Es la sensación de entrar en el agua y sentir que todo mi cuerpo se mueve al ritmo de la corriente: sin presiones, sin elásticos de algodón apretando, sin miedos.

Es la máxima expresión de la soberanía: dejar que la naturaleza me reconozca como uno de los suyos. Ese día, en esa orilla, el Opus Dei terminó de borrarse de mi piel.

Y ahora me río cuando me encuentro a alguien en el mismo proceso de búsqueda de libertad quitándose capas poco a poco. Lo que le queda por aprender.