Día 38. Colegio Mayor (IV). El sacerdote
Cuando aterrizas en el Colegio Mayor, tienes una idea bastante ingenua de lo que es un sacerdote: alguien que dice misa, confiesa y se pasea con su breviario. Pero pronto descubres que en esa casa el cura tiene una función mucho más estratégica, resumida en un concepto que todos acabamos temiendo: el despacho del cura.
El lugar físico ya te da pistas. Su despacho no está en un rincón apartado; está ubicado estratégicamente en un lugar de paso obligado. Su puerta es una aduana por la que tienes que pasar sí o sí. Ver la luz encendida y la puerta entreabierta era un acto de valentía: sabías que si hacías contacto visual, te «enganchaba» y acababas «pa dentro».
Algunos sacerdotes tenían horarios de atención cerrados para cada colegial y, si no aparecías por tu cuenta, mandaban a buscarte como quien cita a un paciente.
Recuerdo con risa amarga la llegada de los «nuevos» cada año. Los veteranos nos encargábamos de ponerles sobre aviso: -«Oye, que el cura te va a preguntar si te haces pajas». Los pobres novatos se indignaban: -«¡Qué dices! Si me pregunta eso, no le contesto». Pobres… al final no solo contestaban, sino que daban hasta el último detalle.
Pero lo que nadie te explica cuando eres un estudiante de 18 años, es la violación sistemática de tu fuero interno. El fuero interno es el santuario de tu conciencia, ese rincón íntimo donde solo estás tú con Dios. El Derecho Canónico prohíbe estrictamente la invasión de ese ámbito por quienes tienen poder de gobierno sobre ti. Es una línea roja que la Iglesia protege para evitar abusos.
Pero en el Opus Dei, esa línea no existe. Cuando entras a hablar con el cura en su despacho, no estás en un confesionario. Estás en una charla «amistosa» de sofá. Tú crees que, por ser cura, tus confidencias están protegidas por el secreto. Error. En la Institución, si no estás de rodillas e iniciando el rito formal de la confesión, el sacerdote se siente libre de usar tu intimidad.
Toda esa información que le das ingenuamente sobre tus luchas, tus dudas o tu sexualidad, se convierte en «materia de informe». El cura deja de ser tu confesor para convertirse en un informante que traslada lo más sagrado de tu alma al Consejo Local. Lo más grave es que el Opus Dei niega oficialmente que esto ocurra. Aseguran que separan el gobierno de la dirección espiritual, pero cualquiera que haya estado dentro sabe que es mentira.
El despacho del cura es el laboratorio donde se descuartiza tu intimidad para que la Institución pueda decidir si eres «dócil» o si tienes «perfil». Es una trampa perfecta: usan a Dios para que les abras la puerta de tu alma, y una vez dentro, utilizan lo que ven para controlarte.
Escribo esto recordando lo que viví hace 30 años, pero no puedo evitar pensar en cómo habrán «actualizado» sus métodos. Conociendo el hambre que tiene la Institución por poseer la intimidad ajena, estoy convencido de que su curiosidad ha evolucionado al ritmo de los tiempos.
Sea cual sea la pregunta, la respuesta de Stella es la misma: tu fuero interno es sagrado y ese cura no tiene derecho a preguntarte nada que tú no quieras contar en el confesionario, y mucho menos a usarlo para su gestión interna.
Pero de cómo esa información se tritura en las reuniones del Consejo Local, hablaremos en un próximo capítulo. De momento, recuerda: en ese despacho, el cura no busca perdonarte; busca conocerte para poder dominarte.
Stella
