Día 20. Querían pureza y consiguieron hipersexualizarnos

Parece una contradicción, pero hoy lo veo con una claridad meridiana: para vendernos la «santa pureza», lo que hicieron fue hipersexualizar toda nuestra existencia. Nos obligaron a vivir en una especie de pornografía mental constante, donde cada detalle del cuerpo, cada mirada y cada gesto eran sospechosos de pecado.

Cuando te pasas el día vigilando para no mirar, para no tocar, para no «sentir», lo que estás haciendo es poner el sexo en el centro de todo. Al final, para la Institución, un tobillo, una espalda o un pijama eran objetos cargados de una electricidad peligrosa. Lograron que nada fuera neutro. Lograron que el cuerpo no fuera un hogar, sino una amenaza.

Esa ansia de no mirar, de no enseñar, de que no se note, de que todo cubra bien… era algo casi enfermizo. Todo estaba perfectamente reglamentado. Te arriesgabas a recibir una «corrección fraterna» porque se te marcaba el sujetador debajo de la blusa y «deberías llevar una camiseta debajo para disimularlo». Cuando ibas a comprar ropa, no mirabas si te sentaba bien, sino si mostraba más de la cuenta. Te grabaron a fuego el miedo a «hacer que otros pequen por tu desfachatez».

Recuerdo que, al principio de mi salida, mi cerebro gritaba: «¡cuidado, pecado!» al menor signo de supuesta «impureza», y esa tensión se traducía en una excita ción ansiosa. Era el resultado de años de cables cruzados: me habían enseñado que la desnudez era igual a sexo, y mi cuerpo obedecía a esa orden de alerta de forma involuntaria.

La verdadera liberación ha sido descubrir la naturalidad.

Hoy, cuando entro en la ducha abierta del gimnasio o camino por el vestuario «tan campante», no siento nada sexual. Y esa es la mayor victoria de todas. Al dejar de esconderme, al dejar de vigilar y al dejar de considerar mi cuerpo (y el de los demás) como un «peligro», la carga eléctrica ha desaparecido. ¡Y hasta puedo entablar conversación tan ricamente!

La Institución nos quería «puros» pero nos hizo obsesivos. Nos quería ángeles pero nos convirtió en prisioneros de nuestra propia biología, vigilada por un Dios contable. La verdadera pureza no es la que se consigue cerrando los ojos o huyendo a una ducha de agua fría; la verdadera pureza es la naturalidad: mirar el mundo y mirarte a ti mismo sin que el miedo empañe la vista.

Ahora, cuando veo mi cuerpo tal cual es, ya no lo hago desde la ansiedad de lo prohibido. Lo hago desde la paz de lo natural. Porque cuando dejas de hipersexualizar la vida, por fin empiezas a vivirla.

De todo esto iremos hablando en muchos capítulos. Hay mucho que desgranar.