Día 23. Frente al espejo, sin nada

Si la ducha de agua fría era para no sentir y la ropa interior era para no marcar, el espejo era, sencillamente, el enemigo a evitar. Nos enseñaron que mirarse demasiado era vanidad, y mirarse sin ropa… un peligro mortal. ¿Cuántas veces te has duchado o vestido casi a oscuras, o evitando mirar tu propio reflejo?

Hay quien tiene miedo de su sombra, pero a nosotros nos convencieron de que teníamos que tener miedo de nosotros mismos: el cuerpo era un extraño que vivía contigo, pero al que no se le permitía presentarse oficialmente.

Pero un día, con la luz encendida y el vaho ya limpio, decidí quedarme ahí y verme. Sin bragas, sin sujetador, sin calzoncillos. Sin nada.

Delante del espejo estaba yo tal como soy: con mis tetas caídas, mi tripa, mi culo gordo y el matojo que intenta ocultar lo más íntimo (en el caso de las mujeres la vulva que muchas veces ni siquiera nos atrevimos a mirar de frente en décadas, y en los hombres el pene y los testículos). Así soy yo…

Es un ejercicio de observación pura. Es la capacidad de mantener la mirada en todo eso que tienes delante y descubrir, con asombro, que no te escandalizas. Que no es la antesala del infierno, sino la antesala de la libertad.

¿Acaso es algo malo? ¿Es antinatural? Es lo que Dios creó para ti y es lo único que te va a acompañar toda la vida. Pero nos han metido tanto miedo que tener el propio cuerpo delante se nos hace un suplicio. Nos hicieron creer que la desnudez era impura y sucia, cuando en realidad es el estado más honesto del ser humano. Estar frente al espejo no es una situación sexual de pecado; es una situación corporal de verdad.

Este es el primer gran paso para normalizar tu propia piel. Aceptarte sin filtros es empezar a quererte. Si todavía te cuesta, te propongo algunos ejercicios para ir recuperando tu terreno poco a poco:

-No te vistas corriendo: cuando salgas de la ducha, regálate tiempo. Aprovecha para darte crema hidratante y masajear tu cuerpo. Siente tu piel bajo tus manos antes de cubrirla con ropa.

-Habita tu habitación: si te vistes en tu cuarto, pasa tiempo sin la toalla o el albornoz mientras preparas la ropa o pones un poco de orden. Acostúmbrate a moverte sin telas de por medio.

-La libertad de estar solo: si no hay nadie más en casa, atrévete a moverte libremente o hacer tareas domésticas antes de vestirte. Siente el aire en tu cuerpo.

-Despreocúpate de pensar que va a entrar alguien y te va a ver sin ropa: si se diera el caso actúa con naturalidad, sigue con lo que estabas.

-Prepárate para el mundo: mentalízate de que tu cuerpo no es un secreto. Visualízate con naturalidad en el vestuario, en el médico o en las duchas públicas. Tu cuerpo es normal.

Todo esto es el comienzo del conocimiento real de ti mismo. Es el fin de la guerra contra el espejo. Más adelante hablaremos de otras cosas, pero hoy, quédate ahí un minuto más. Mírate. Eres tú.