Día 94. Del control de cuerpo al control del alma
A veces me detengo a mirar este Cuaderno de Bitácora y me pregunto: ¿Por qué estamos hablando tanto de temas «humanos»? ¿Por qué Stella se centra tanto en la sexualidad, en la piel, en la ropa interior o en el placer de una ducha caliente? Al fin y al cabo, se supone que el Opus Dei es algo «espiritual», algo de rezar, de entrega y de almas.
Pero ahí es donde reside la gran trampa que hemos tardado años en desentrañar. Ellos no fueron a por nuestra alma directamente; fueron a por nuestro cuerpo para poder secuestrar nuestro espíritu. Sabían perfectamente que si controlaban lo que sentíamos, lo que vestíamos, cómo nos duchábamos o cómo nos tocábamos, acabarían siendo los dueños de nuestra voluntad. «El control del alma empieza siempre por el control del cuerpo».
Por eso nos obligaban a dormir en una tabla, a usar un cilicio o a ducharnos con agua fría. No era «penitencia»; era una estrategia de anestesia. Un cuerpo que duele, un cuerpo que se oculta, un cuerpo que se siente «sucio» es un cuerpo mucho más fácil de manipular. La culpa no es una idea abstracta; la culpa es un nudo en el estómago y un miedo a tu propia piel.
En la Institución nos enseñaron a ser «ángeles», a estar por encima de la «mate- ria». Pero como no somos ángeles, esa espiritualidad de cartón piedra se convirtió en una guerra constante contra nosotros mismos. Nos abofeteaban con la «pureza» para que viéramos nuestro cuerpo como un enemigo al que vigilar las 24 horas.
Por eso, este camino de reconstrucción de Stella tiene que ser, por fuerza, un camino de «regreso al cuerpo». Reclamar la soberanía sobre mi piel es el acto más espiritual que he hecho en mi vida. Porque no puedes rezar en paz si te sientes culpable por existir. No puedes encontrar al Dios Amor si piensas que Él está escandalizado por tus instintos.
Hablar de «reaprender mi sexualidad» puede sonar escandaloso para algunos, pero es una necesidad vital de sanación. Es pasar de ese acto escondido, rápido y culposo –hecho con la prisa de quien teme ser pillado por un Dios policía– al placer tranquilo de conocerte y quererte. Es el derecho a retorcerse de placer sin pedir permiso a nadie, descubriendo que tu cuerpo no es un campo de batalla, sino tu hogar.
Nadie se atreve a decirlo así de claro porque la vergüenza es el último carcelero que nos queda. Pero nosotros hemos decidido ser descarados. Hemos decidido que la verdadera fe no está en el desprecio de lo humano, sino en su celebración.
No es una obsesión por lo mundano; es una prioridad por lo humano. Estamos bajando a la tierra, a la piel y a la verdad, porque solo así podremos volver a mirar al cielo sin miedo.
Al final comprendí que Dios nunca quiso entrar en guerra con mi cuerpo. Quienes necesitaban que yo desconfiara de él eran otros. El día que recuperé mi cuerpo, recuperé también mi libertad. Y, curiosamente, fue cuando volví a encontrarme con Dios.
Stella
