Día 6. La Piscina (I). Me apunté a natación
Hay cosas que se te pasan por la cabeza y piensas: «vaya pedazo de rollo». Eso era, para mí, la piscina. La idea de meterme en un carril a dar vueltas como un hámster acuático no me resultaba nada atractiva. Pero el cuerpo tiene su propia forma de enviarnos avisos, y mi espalda empezó a gritar socorro. El traumatólogo fue tajante: natación o el dolor se convertiría en mi sombra permanente. Así que, empujado por la necesidad, me tocó buscar una piscina municipal y echarle valor.
Al principio, busqué refugio en la estructura. Me apunté a un cursillo pensando que, si tenía un monitor y un horario, me obligaría a ir dos veces a la semana sin rechistar. Era la inercia del «plan de vida»: si no hay una casilla que tachar, parece que no cuenta. Pero, poco a poco, algo cambió. Empecé a ir por mi cuenta, a mi aire, para practicar la técnica en silencio. Y fue ahí cuando dejé el curso y convertí el nado en una práctica personal, soberana y, sobre todo, libre.
Descubrí que la natación era mucho más beneficiosa para mi cabeza que para mis lumbares.
Entrar en el agua es entrar en un universo paralelo. En cuanto te sumerges y el agua te tapa los oídos, el ruido del mundo exterior desaparece. Te centras en algo tan primario como moverte y respirar para sobrevivir sin ahogarte. En ese instante, todas las preocupaciones, las culpas y los «deberías» que llevas en la frente se disuelven. El instinto de supervivencia limpia la mente mejor que cualquier examen de conciencia. Bajo el agua no hay directores, ni informes, ni exigencias de santidad. Solo estás tú, el agua y tu propio pulso.
Recordaba lo que compartía Belén en la serie El minuto heroico: «Cuando nado experimento como la Belén pura en esencia… es lo que me conecta con mi ser más profundo». Y cuánta razón tenía.
La natación es una reconexión física radical. En el agua, la gravedad deja de existir. Tienes la libertad de moverte sin tener que soportar el peso de tu propio cuerpo, ese que en la Institución nos enseñaron a ver como una carga o un peligro. Es, casi, un lugar sagrado donde dejas de sentir el peso de tus supuestos pecados. Allí abajo no hay «materia reservada». Te deslizas y sientes que el pasado, con toda su rigidez y su oscuridad, se ha quedado sentado en un banco de la orilla, mirándote sin poder alcanzarte.
He pasado de «tener» que ir para no sufrir de la espalda, a «querer» ir para sentirme vivo. La verdadera pureza no es la que te imponen con miedos, sino la que sientes cuando tu piel reconoce el medio para el que fue creada.
Para mí fue la natación, para ti puede ser el pincel, la montaña o un libro. Se trata de buscar ese rincón –físico o mental– donde el mundo deje de pesarte tanto y te permitas, sencillamente, flotar.
Otro día os contaré más cosas de la piscina… porque el proceso del vestuario y la elección del bañador son, en sí mismos, una Vuelta al Mundo de la que todavía estamos aprendiendo.
Stella
