Día 77. A 5.000 km (III). 7 cerrojos y una ganzúa 

El ejemplo de ¿santidad? del fundador se mostraba en su repetida frase de «los siete cerrojos del corazón». El objetivo era doble: que no se colara nada de fuera, y que nada de lo que bullía dentro tuviera la osadía de salir. Era el complemento perfecto para añadir a los 5.000 km de distancia entre ellos y ellas, ellos y ellos, y ellas y ellas. Así fue como fabricaron el hombre y la mujer de hielo del Opus. Y lo dejó escrito en su libro «buque insignia» Camino en su punto 161:

«Haces un derroche de ternura. -Y te digo: caridad con tus prójimos, sí: siempre. -Pero –óyeme bien, alma de apóstol–, es de Cristo, y sólo para Él, ese otro sentimiento que el Señor mismo ha puesto en tu pecho. -Además…, ¿no es cierto que al descorrer algún cerrojo de tu corazón –siete cerrojos necesitas– más de una vez quedó flotando en tu horizonte sobrenatural la nubecilla de la duda…, y te preguntas, atormentado a pesar de tu pureza de intención: no habré ido demasiado lejos en mis manifestaciones exteriores de afecto?»

No me voy a parar a analizar este párrafo, aunque no tiene desperdicio, simplemente comento que con solo leerlo ya puedes comprender muchas cosas del funcionamiento de la Institución y de sus miembros.

Figúrate la situación de llegar a la puerta de una casa y encontrarte con cerraduras de arriba a abajo: es una caja fuerte. Incluso la mirilla ha sido tapada para no poder mirar, no vaya a ser que veas lo que no debas. Es la desconfianza absoluta con el de fuera y con el de dentro. Y lo peor es que ya ni sabes dónde has dejado escondidas las llaves: ya no tienes el control de poder abrir cuando quieras.

Pero llega el día en que decides ir a la ferretería de la libertad y comprarte una ganzúa (o un Flipper Zero si quieres hackear sus cerraduras electrónicas). Es tu arma de liberación. Pero como todo en nuestra «Vuelta al Mundo», hay que aprender a usarla poco a poco.

Empieza por destapar la mirilla para poder ver lo que hay fuera: miras desde una esquina, sin que te vean. Allí está el mundo y todo lo que lo habita, y sobre todo aquello que te llama la atención pero eras incapaz de mirar. Es el inicio, pero vivido desde tu espacio de seguridad: estás pero no te ven (o eso crees).

Lo más curioso es que, con solo destapar la mirilla, parece que la puerta que ha cobrado vida propia: es como si las cerraduras completamente secas del desuso se hubieran activado. ¿Será que se están despertando? Tienes en tu mano la ganzúa, pero ni la has usado y parece que las cerraduras se están rebelando solas:

-Iba tan tranquilo por la calle y de repente una de las cerraduras se abrió y acabé dentro de Mercadona.
-Me quedé mirando un escaparate y otra cerradura saltó.
-Me puse a mirar de reojo a una persona, y otra cerradura menos.
-Fui a la peluquería y otra cerradura que se abrió.
-Cogí la bici y otra más.
-Me fui a la playa y otra que cayó.
-Le sonreí. Y la puerta se abrió de golpe.

Ha costado años de desaprendizaje, pero ahora el control lo tengo yo. Y directamente arranqué las cerraduras de la puerta para ser yo mismo. Ahora mi corazón no es una armadura, es un corazón de carne dispuesto a abrirse.

Y no hizo falta utilizar la ganzúa: fue mi tiempo y mi libertad juntas los que lo consiguieron.

Y ahora a por lo que venga, sobre todo a por ese «Hola» tan ansiado.