Día 8. Mi nevera es una descarada

A veces me quedo parado delante de ella. Simplemente la miro con una mezcla de asombro y triunfo silencioso. Mi nevera es una descarada: me recibe con esa luz blanca, limpia y brillante, mostrándome un mapa de posibilidades que parece no tener fin. Tiene tanto espacio, tantos estantes y tal variedad de botes, latas y sazonadores cargando la puerta, que parece estar invitándome a una fiesta constante donde yo soy el único invitado de honor.

Parece un chiste, pero quienes hemos vivido en el búnker del «espíritu de casa» sabemos que no lo es. Durante 25 años, la comida no fue solo alimento; fue un campo de batalla moral.

Nos enseñaron a vivir en una vigilancia perpetua del apetito. Un bocado fuera de hora, un dulce extra o el simple gesto de elegir la pieza de fruta que mejor aspecto tenía era una «falta de generosidad». Se nos entrenaba para elegir siempre «lo que menos nos gustara» para vivir la mortificación. Beber agua justo cuando tenías sed era ceder al instinto; dejar el postre intacto para «ofrecerlo» era la señal de que eras un socio ejemplar. Nos enseñaron a tenerle miedo a nuestras propias ganas, convirtiendo el estómago en un radar de pecados inventados.

Por eso, hoy, mi libertad tiene forma de electrodoméstico.

Es la libertad de ir a la cocina cuando me dé la gana, sin ningún reparo, sin esa voz interna que antes me decía: «no sigas por ahí, eso es gula, eso no es de nuestro espíritu». Pero la soberanía no es solo poder abrir la nevera; es también abrir de par en par los armarios y regocijarme viendo las especias, el chocolate, los frutos secos… cosas dispuestas a ser disfrutadas en cualquier momento. Es un placer para la vista y para mis glándulas salivares, que se activan a pleno rendimiento sin pedirle permiso al director ni al censor.

Yo tengo la suerte de no tener restricciones médicas. Sé que para muchos la comida es una lucha estética o de salud (la eterna «operación bikini»), pero para mí es una cuestión de alma. Ya no es un asunto moral, ni pecaminoso, ni «gulo-sacrílego».

Qué paz da abrir esa puerta a las once de la noche, bajo el silencio de la casa, y no temer un castigo eterno por coger una aceituna. Qué alivio saber, por fin, que Dios tiene cosas mucho más importantes que hacer que andar fiscalizando si me tomo un trozo de queso a deshora. He despedido al inspector de despensas.

A veces, viendo cómo ha cambiado mi relación con la cocina, pienso con ironía que un día voy a tener que ir a confesarme… pero no por lo que hago mal, sino porque mi nevera es tan descaradamente libre que me hace «pecar» de felicidad. He pasado de la escasez impuesta a la abundancia elegida.

Hoy, mientras saboreo esa aceituna con calma, noto que el sabor es mucho más intenso. Porque ahora, por fin, no estoy alimentando a un ángel de escayola; estoy alimentando a un hombre libre. El único dueño de mis ganas, de mi hambre y de mi banquete, soy yo.